20 de September del 2018

Un destello en el marjal: El último vuelo del flamingo

Foto: Archivo

Los libros y las revistas bastante añejas, cure siempre han tenido un discreto encanto para este servidor, ask que una vez más les escribe. Buena parte de tal sortilegio, viagra obedece al poco o ningún conocimiento, que pudiéramos alcanzar de algún entorno geográfico, de alguna circunstancia histórica, (¿Cuántos de nuestros congéneres de hoy, serán sobrevivientes de Hiroshima?) y por qué no, de algunos personajes como Jaime Ángel (Jimmy Ángel). Es así, como puedo explicarles, mucha de la afinidad que disfruto con mis libracos y magazines.

 Quisiera nombrar a algunos de ellos, a casi todos los estoy hojeando frecuentemente: Obras Completas de León Tolstoi (Editorial Aguilar, 1955), Obras Completas de Gustavo Adolfo Bécquer (Editorial Diana, 1963), Venezuela Heroica de Eduardo Blanco (Fundación CADAFE,1982), Selección de Selecciones No. II (The Rumford Press, 1947), El Libro de los Espíritus, Allan Kardec (Editores Mexicanos Unidos, 1978). ¿Cómo no señalar, el libro más viejito de todos, Roma y El Evangelio, Editorial Víctor Hugo, Edición de 1946, en donde se acota una hermosa comunicación del Maestro Kardec, al Circulo Cristiano Espiritista de Lérida, España?

Un volumen especial de Selecciones del Reader’s Digest, titulado “33 Ventanas al Mundo” me permite compartir con ustedes, interesantes detalles del Salto Ángel, admirable y portentosa belleza de la Naturaleza. Jaime Ángel no tenía el menor interés en colocar su nombre en el mapa cuando pico, en su segundo y último viaje, con su avioncito “Flamingo” sobre aquel misterioso y maravilloso desfiladero venezolano en 1935.

Él no era más que un aviador jornalero, de la escuela de la Primera Guerra Mundial, quien trataba de descubrir un rio lleno de oro en ese caos fantástico de piedra y selva, que es la región montañosa de la Guayana. Antes de la llegada del avión, el Auyantepui (La Montaña del Diablo) que se halla a 480 Km de la ruta seguida por Humboldt y a la mitad de esa distancia del Roraima, era para los cartógrafos materia de pura adivinación.

Escudabase además, en un velo de leyendas supersticiosas. Su nombre, Monte del Diablo, tenía un significado auténtico para los pocos indios selváticos de la región, pues las espantosas tronadas que allí se originaban, eran prueba fehaciente de la presencia del malo, por lo que los indios se mantenían alejados cuanto podían estarlo.

La meseta del Auyantepui es un gigantesco condensador natural, colocado a escuadra en el paso de los vientos alisios que soplan casi incesantemente del Mar Caribe. Al chocar este con el aire que se alza de los montes bajos, producen una niebla constante. La precipitación pluvial  se calcula en más de 760 centímetros por año, por lo que acaso sea esta la región más húmeda que exista en el mundo.

Siglos de erosión habían barrido la suave roca superficial, dejando incontables grietas, algunas de ellas de centenares de metros de profundidad, entre lomos dentados de piedra arenisca cámbrica. Ese panal de profundas grietas constituye un gigantesco depósito, de donde nacen los ríos subterráneos que conforman los saltos. Luego de sobrevolar con su “Flamingo”, Ángel hizo para si la conjetura de que en el mundo no había nada semejante a esto. ¡Y tenía razón!

En 1949, cuando la expedición enviada por la Sociedad Geográfica Nacional de los Estados Unidos midió al fin esa imponente maravilla que se llama el Salto Ángel, descubrió que la gran catarata tenía 980 m de altura, o sea, 20 veces más que el Niagara. El primer salto directo es de 808 m; luego la columna salva un borde y se precipita desde otra altura de 172. Obviamente, Jaime jamás había soñado, tropezar en su vida con un gigante de tanta majestuosidad.

Fuente: 33 Ventanas al Mundo. Selecciones del Reader’s Digest. La Habana, Cuba. 1959

“Muchos triunfarían en cosas modestas, si no estuvieran obsesionados por grandes ambiciones”. Henry W. Longfellow

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