Un destello en el marjal: ¿Existen objetos maléficos?

Foto: Archivo

En relación con la literatura, la cinematografía y otras artes, el género del horror, lo para-normal y demoniaco mantienen una reconocida audiencia, lo cual es fácilmente perceptible para el más incauto. En algunas circunstancias,  los hechos y los personajes son ficticios además de nacidos de una exquisita imaginación, (¿o quizás, inspirados por alguien, a quien se obvia con necedad?), pero en otros casos se fundamentan sobre hechos y participantes reales y que han trascendido la prueba del paso de los tiempos.

La experiencia práctica nos enseña, que son muy contados los que permanecen en las salas de cine, esperando en la revisión de los diversos créditos, para corroborar si la producción fílmica, estaba o no basada sobre hechos reales acontecidos en alguna localidad.

En esta oportunidad, citemos tan solo dos particularidades, porque es interesante compartir con los amigos lectores, acerca de ciertos objetos, reconocidos como malditos, en la espera de que alguna vez haya usted oído u leído sobre ellos.

Ciertas pinturas denominadas “los niños llorones”, son una colección de cuadros, en los que se retrata a niños en actitud triste y desconsolada, cuyas reproducciones no faltaban en ningún hogar europeo u latino-americano, allá por los años setenta. Eran obra de un autor italiano, Bruno Armadio, durante su estancia en España.

Pasados algunos años, todo mundo quiso deshacerse de los benditos cuadros, porque empezaron a circular rumores acerca de una presunta conexión con el demonio, nacidos de comentarios de bomberos ingleses, quienes afirmaban que cuando iban a sofocar incendios, entre las ruinas estaba todo arrasado y lo único que hallaban intacto eran aquellos misteriosos cuadros. La prensa se encargó de recoger esta historia. Los cuadros dejaron de venderse, quienes los poseían trataban de regalarlos, los encerraban en sótanos e incluso los quemaban.

La leyenda de los niños llorones persiste, y en muchas casas se habla de ruidos, presencias nunca evidentes y fenómenos extraños que dejaban de ocurrir cuando los cuadros salían por las puertas.

Otro tipo de objeto con fama de fatídicos  son las gemas, señalemos dos en particular, pues el espacio de la columna nos obliga. El Diamante Koh-i-Noor (que en persa, significa “Montaña de luz”) procede de la India y ha pertenecido a gobernantes hindúes, mongoles, persas, afganos, sikhs y británicos, que han luchado por poseerlo de forma tal que fue tomado una y otra vez como trofeo de guerra.

La familia real británica se toma muy en serio la maldición y la leyenda, según la cual para evitar que se esparza su maleficio sobre el reino debe ser regalada por los reyes a sus esposas, ya que solo las mujeres y Dios son inmunes a su nefasto poder.

El diamante Hope también procede de la India y llego a Francia en 1668, en manos del comerciante y aventurero Jean-Baptiste Tavernier. Siempre estuvo rodeado de aureola nefasta, pues se decía que la joya había sido robada a un ídolo que representaba a la diosa Sita y que el ladrón, un sacerdote del templo, había sido torturado hasta morir.

Tavernier se la mostro a Luis XIV, quien la convirtió en emblema de la corona francesa. Claro que la leyenda le atribuye a su influencia, el declive del Rey Sol y su muerte por una gangrena. Del mismo modo los que creen en el sortilegio están convencidos de que tanto Luis XVI como María Antonieta habrían sido víctimas del diamante.

Tras una serie de otras vicisitudes la piedra preciosa acabo en las manos de Thomas Hope, rico banquero londinense. Toda una gama de muertes, problemas económicos y matrimoniales, acaecidos entre los parientes y descendientes del desdichado Hope, fueron atribuidas al fatídico diamante que desde entonces lleva el nombre de la familia.

Fuente: Revista MÁS ALLÁ. N° 329. Año XXVII. (Págs. 52-59)

“….Es privilegio y maldición de los hijos de la medianoche, ser a la vez dueños y victimas  de su tiempo, renunciar a la intimidad y ser absorbidos por el remolino aniquilador de las muchedumbres incapaces de vivir o de morir en paz….”. SALMAN RUSHDIE

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