Cerrar la puerta y dejar que las palabras fluyan puede parecer, para muchos, una rareza reservada a excéntricos o genios absortos en su mundo. Sin embargo, quienes conversan consigo mismos en voz alta podrían poseer una herramienta fundamental para la organización mental, la emoción y la memoria.
Este sencillo acto, tan habitual en la infancia como sorprendente en la adultez, tiene profundas raíces en la psicología y revela mucho más que una costumbre privada.
Los soliloquios, esos diálogos personales lanzados al aire, constituyen uno de los modos más antiguos de ordenar pensamientos y emociones humanas. Hablar en voz alta con uno mismo no debe verse como una señal de desequilibrio ni de extravagancia.
Una revisión teórica publicada en Current Directions in Ostracism, Social Exclusion and Rejection Research explicó que el self-talk —especialmente cuando se emplea en tercera persona— actúa como una herramienta eficaz para regular las emociones y tomar perspectiva frente a situaciones estresantes.
Esta forma de autodiálogo promueve lo que los autores denominan “distanciamiento psicológico”, un recurso que permite pensar con mayor claridad en momentos de presión o angustia.
Con información de La Patilla


