Inicio Nación Los milagros cotidianos de San José Gregorio Hernández

Los milagros cotidianos de San José Gregorio Hernández

0
Foto: Archivo

Cada vez que el niño se ahogaba tratando de respirar en medio de un ataque de asma, ella, su mamá, le rogaba a José Gregorio que lo curara, que le soplara aire limpio para que sus pulmones sanaran.

Las vueltas de la vida o una de las crisis de la vida la hizo dejar su casa, su barrio, su ciudad, su país; lo dejó todo, o mejor dicho, casi todo. En la maleta, en su cartera y en su monedero hay una estampita de su santo, de José Gregorio, del que, según ella, curó a su hijo.

Andrés es su nombre, tiene 25 años y trabaja, como muchos migrantes, en lo que salga. Con Claudia, su mamá, viajó después del “hambre que pasamos en 2016”. Dejó a sus compañeros del liceo en el último año, a su novia, a sus compañeros del karate, lo dejó todo o casi todo, como su mamá. Pero además de su escapulario de José Gregorio que le cuelga a la altura del pecho, tampoco dejó su inhalador porque aunque ya no lo usa, “nunca se sabe”.

En la vía de la Conciliación o Via della Conciliazione, en el Vaticano, esta pareja mira al horizonte, contempla la Basílica de San Pedro. Si no lo dicen, no parecen madre e hijo. Les pregunto si viven en Italia y no lo confirman ni lo niegan, pero prefieren que no lo especifique.

Con este sol raro de octubre la piel se les pinta de canela intenso. Son afortunados, dicen, porque están en el lugar en el que millones de personas quisieran estar.

Nadie se explica lo que pasó

Mario es de Barquisimeto, pero ahora vive en España, es seminarista y devoto fervoroso de José Gregorio Herndéz. “Estoy aquí por toda mi familia”, dice mientras se toca el pecho a la altura del corazón, como si estuviera simulando un acto de contricción.

Cuando prendo la cámara, se pone rígido, se tensa, la vena que sobresale en su cuello lo delata. Cuenta que cuando era un niño de dos años sufrió peritonitis y su vida estuvo en serio peligro. Sus padres, angustiados, le rogaron a Dios que lo salvara, confiesa un poco más relajado. Asegura que sus papás también le pidieron a José Gregorio Hernández que lo curara. Con el cuerpecito infectado entró al quirófano y unas horas después, salió limpio, recuperado, con buenos síntomas, con un pronóstico inexplicable.

Nadie se explica lo que pasó, nadie sabe cómo ese bebé con sus signos vitales comprometidos, un par de horas después de abandonar la sala de operaciones dormía en la camilla con sus órganos plenos de vitalidad.

Creció con la convicción de ser el resultado de un milagro, de la intersección del médico de los pobres. Cuando le pregunto qué siente al estar aquí, en el corazón de la Iglesia, sonríe completamente aliviado: “Gratitud”, susurra.

“Espero que me lo cumpla”

José Tovar vive en La Candelaria, en Caracas, y fue seleccionado para viajar a Roma junto a otros feligreses para celebrar a los nuevos santos venezolanos.

A este capitalino me lo conseguí en un Simposio que organizó la Iglesia Venezolana en la Universidad Lateranense de Roma. Es flaco, trigueño, ni tal alto, ni tan bajo, tiene una sonrisa amplia, serena. Viste una chaqueta blanca con franjas del tricolor patrio y símbolos alusivos a las canonizaciones de José Gregorio Hernández y la hermana Carmen Rendiles.

Me dice que está feliz de haber viajado a Roma, “estoy orgulloso” de representar a su parroquia y a su país. Le pregunto si cree en el beato y dice que sí, que muchísimo por lo que ha leído. En ese momento, suspira y agarra aire para confesar: “Yo ahorita le estoy pidiendo por una enfermedad que tengo”, y en ese momento su voz se corta y a mí, me tiembla la cámara. Sacando fuerzas, con los ojos vidriosos “espero que me lo cumpla”.

Por supuesto que ahí se terminó la entrevista y nos dimos un abrazo como si nos conociéramos de toda la vida. ¡Te vas a recuperar!, le dije sin dudar.

José Gregorio Hernández: santo por aclamación 

Andrés, Claudia, Mario y José son, sin dudarlo, la razón por la que José Gregorio Hernández llegó a Santo. Dos meses antes de morir, el papa Francisco firmó la “dispensa para la canonización” del beato José Gregorio Hernández por aclamación popular.

Es decir, no hizo falta comprobar otro milagro como el que sí se probó para su beatificación. Esta vez, se comprobó que este médico trujillano es venerado por la gente de forma ininterrumpida desde hace más de un siglo y eso demuestra su santidad.

La doctora Silvia Correalle, promotora en el Vaticano de la causa de Hernández, dijo en el simposio de la paz y los santos venezolanos algo contundente: en el mundo se reconoce a un país cristiano por su devoción a la Virgen, a la Iglesia y al papa, pero en Venezuela hay un cuarto elemento, por la fe que se le tiene a San José Gregorio.

También reveló que, cuando comenzó el proceso, le bastó con ver la imagen del trujillano en las ventanas de los autobuses, en las vidrieras de los comercios, en la vía pública y en las conversaciones cotidianas de la gente de todos los rincones del país.

Como en el relato anterior, solo basta con cerrar los ojos para ver y sentir la fe del venezolano por su santo. En un ejercicio de contemplación nos revela la popularidad de la fe criolla. El domingo, cuando, por fin, el papa León XIV digan San José Gregorio Hernández, usted podrá decir, como ya dice desde siempre: ¡ruega por nosotros!.

Con información de Radio Fe y Alegria