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Violencia sexual en la infancia: la trampa del perdón como secuela invisible

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Foto: Archivo

Hay una escena que aparece con mucha frecuencia cuando los sobrevivientes de violencia sexual padecida en la infancia comienzan a poner en palabras su historia. No pertenece al momento de la o las agresiones, sino a muchos años después, cuando la vida siguió su curso y el pasado reaparece.

Surge en situaciones cotidianas como contextos familiares donde se supone que debería prevalecer la confianza: una reunión, una celebración, una comida compartida. La persona entra a la habitación y se encuentra con quien la agredió. No creo que pueda vivirse algo más perturbador que esto.

El agresor está sentado en la mesa, como si nada hubiera ocurrido. Como si esa infancia arrebatada fuera un descarte y hubiera quedado en el olvido. Tiempo pasado y pisado, pero no es así.

El sentimiento volcánico dentro del sobreviviente es demoledor. Quienes saben lo que pasó miran hacia otro lado y abren las puertas a quien sin ningún tipo de tapujo le robó una parte de la vida, y muchas veces la hipotecó para siempre, a un bebé, un niño, una niña o un adolescente.

Muchos sobrevivientes describen ese momento diciendo que, aunque el cuerpo es adulto, la sensación es la de volver a ser el niño o la niña que fueron entonces. Se quedan congelados, se intentan esconder, se mueren de vergüenza, se tapan el cuerpo intentado protegerlo, una vez más, de las garras pederastas. No solo es verlo, también es escuchar esa voz que mancilló, doblegó, y amenazó. Muchas veces además del miedo aparece el asco como resistencia, como barrera que separa pero hace presente el crimen.

La psiquiatra Judith Herman, que estudió durante décadas las consecuencias del trauma interpersonal, explica que los traumas provocados por personas cercanas se reactivan cuando la persona vuelve a encontrarse con quien ejerció la violencia o con situaciones que evocan aquella relación de poder y desigualdad, por ello la sensación es de regreso a la vulnerabilidad de la infancia.

En los grupos de apoyo para sobrevivientes que dirijo, las descripciones suelen ser sorprendentemente parecidas. Algunas personas cuentan que logran sostener la conversación como si nada ocurriera, pero sienten una desconexión profunda, como si estuvieran presentes y ausentes al mismo tiempo.

Otras hablan de una sensación de parálisis, de dificultad para reaccionar o incluso para pensar con claridad. Otras actúan en un intento de normalizar una escena aterradora.

¿Quién podría sentarse a la mesa con un torturador?

La exigencia para el aparato psíquico del sobreviviente es máxima y se despiertan mecanismos antiguos, utilizados cuando ocurrieron las agresiones, como la disociación: “Estaba ahí pero no estaba”, contó un paciente de 53 años. “Sentía que tenía 9 de nuevo y quería hacerme chiquita para desaparecer”. Al día siguiente terminó hospitalizada con un fuerte dolor abdominal. El cuerpo nunca calla, por suerte.

Lo que se reactiva no es únicamente la memoria del hecho, sino la posición psíquica en la que se encontraba el niño frente al adulto que lo violentaba y un tumulto de sensaciones: miedo, asco, dolor, humillación, terror, vacío.

Comprender estas escenas exige mirar la estructura de la violencia sexual padecida en la infancia. A diferencia de otras formas de violencia, la mayor parte de las agresiones sexuales contra niños y niñas ocurre dentro del círculo de confianza: familiares, cuidadores, personas cercanas al entorno y con una relación afectiva sostenida en el tiempo. Esto significa que el agresor no es una figura externa al sistema familiar, es parte de él.

La psicóloga Jennifer Freyd llamó trauma por traición a aquellos que provienen de personas de las que la víctima depende para sobrevivir. Cuando el abuso ocurre dentro de una relación de apego, un padre, un familiar cercano, un cuidador, un cura. Reconocer plenamente esa traición puede poner en riesgo el vínculo del que depende la vida del niño. En esas condiciones el psiquismo puede hacer algo paradójico para sobrevivir, bloquear, fragmentar o minimizar la percepción de lo ocurrido para preservar la relación.

Freyd llamó a este fenómeno ceguera ante la traición. No solo puede afectar a la víctima; también puede extenderse a quienes la rodean. Familias enteras pueden dejar de ver aquello que pondría en peligro la estabilidad del sistema.

Recuerdo siempre el caso de una niña de 6 años agredida sexualmente por su tío materno. Una vez que su mamá recibió el diagnóstico realizó la denuncia pero fue silenciada por la propia familia. La abuela materna le exigió que retirara la denuncia contra su propio hermano, el agresor, porque si no la dejaría con sus tres niños pequeños en la calle. La mamá no tuvo opción: retiró el reclamo y organizó un complejo sistema de puertas cerradas para que el criminal no se acercara a sus niños.

Terminé realizando la denuncia yo, pero no se hizo nada por salvarla y perseguir al criminal y su caso se archivó. De esa injusticia e impotencia nació nuestro cortometraje Play, una forma de visibilizar lo que pasaba y sigue pasando, cuando las familias y la justicia miran para otro lado en pos de proteger a los agresores y la necesidad de ofrecer una segunda oportunidad a los niños y niñas agredidos sexualmente para retomar su vuelo.

Esta forma de renegación y ocultamiento social, más frecuente de lo que parece, ayuda a comprender por qué, incluso muchos años después, el agresor puede seguir ocupando un lugar en la vida familiar.

La historia de quien fue el niño o niña agredido queda suspendida. Todos saben algo y al mismo tiempo nadie lo dice del todo. La persona que sufrió la violencia queda en una posición imposible, mientras el agresor puede seguir ocupando su lugar en la mesa.

Las investigaciones contemporáneas sobre violencia sexual confirman que estas experiencias no se disuelven simplemente con el paso del tiempo. Revisiones publicadas en revistas médicas y psicológicas muestran que quienes atravesaron estas violencias presentan con mayor frecuencia depresión, ansiedad y trastorno por estrés postraumático en la vida adulta.

También se ha observado una mayor incidencia de problemas de salud física, desde dolor crónico hasta enfermedades cardiovasculares, en personas que sufrieron traumas severos en la infancia. Lo que ocurre en la infancia no desaparece. Permanece inscripto en la memoria, en los vínculos y en el cuerpo.

En muchos de estos relatos aparece una emoción que atraviesa la escena: la vergüenza. Boris Cyrulnik ha señalado que la vergüenza es una de las marcas más persistentes del trauma infantil. Afecta la identidad misma de la persona, impulsa a bajar la mirada, a desaparecer de la escena, a no perturbar la normalidad aparente que la familia intenta preservar por mandato social y religioso.

El cine ha mostrado cómo una violencia sufrida en la infancia puede seguir organizando la vida adulta. En Mystic River, la película de Clint Eastwood, el personaje de Dave Boyle carga durante décadas con las consecuencias de un abuso sufrido cuando era niño. No solo él: también sus amigos de la infancia quedan marcados por esa escena, sin saber bien qué ocurrió, pero imaginando algo terrible.

Quizá otro aspecto del que se habla poco son las secuelas en los niños y niñas que fueron testigos o que supieron lo que ocurría. Ese es un tema que examino en mi nuevo libro y al que quizá vuelva en una próxima columna.

En ese contexto aparece a veces una pregunta: la cuestión del perdón. La propia palabra lo revela. “Perdonar” proviene del latín tardío perdonāre: dar completamente, absolver, remitir una falta, eximir a alguien de una deuda o de una pena. Perdonar implica, en su sentido más literal, liberar al otro de una culpa o de una sanción.

Y durante mucho tiempo se repitió que perdonar era necesario para sanar. Hoy esa idea circula casi como un mantra en las redes sociales: perdonar como única salida posible de lo traumático.

No estoy de acuerdo.

La concepción del perdón, profundamente arraigada en nuestras tradiciones religiosas, ha funcionado muchas veces como una forma de disciplinamiento moral y de preservación del statu quo. Incluso en algunos desarrollos del psicoanálisis, una tradición que históricamente tuvo una vocación crítica y subversiva, aparece la idea del perdón como un horizonte deseable de elaboración.

La idea moderna del perdón no nació como un proceso de reparación para la víctima. Surgió en el mundo romano como decisión de renunciar al castigo, y fue transformada por el cristianismo en un mandato moral. Con el tiempo, ese mandato terminó funcionando muchas veces como una exigencia dirigida a quienes habían sufrido el daño.

¿Qué se perdona y para qué?

Mi experiencia de años de trabajo con sobrevivientes de múltiples violencias me lleva a pensar que el perdón suele funcionar más para los perpetradores y para las familias que desean ocultar o negar lo ocurrido. En la mayoría de los casos, los perpetradores no padecen una enfermedad mental grave que pudiera disminuir su responsabilidad moral o legal. Por el contrario, suelen saber perfectamente que no pueden ejercer violencia y que están cometiendo un crimen. Por eso suelo referirme a ellos como criminales con método.

Se aprovechan de la vulnerabilidad de la víctima, utilizan la desigualdad de poder y despliegan estrategias muy conscientes de coerción: amenazan, silencian, manipulan, buscan evadir la ley y preservar su impunidad.

El perdón suele presentarse como una etapa necesaria de la recuperación, pero la elaboración del trauma no depende de absolver al agresor. Lo que permite a una persona procesar una experiencia traumática es poder nombrarla, comprenderla y situarla en su propia historia sin quedar atrapada en el silencio o la negación.

Es como si alguien fuera atropellado deliberadamente por un camión: ¿por qué habría que exonerar al conductor?

A menudo se escucha otra frase: “perdoné por mí, para recuperar mi paz mental”. Pero esa idea también merece ser interrogada. La víctima no tiene nada que perdonarse. En todo caso debe sacarse de encima la culpa inoculada por el perpetrador. El daño fue cometido por otro. Sin embargo, la cultura del perdón ha penetrado tan profundamente que muchas personas terminan creyendo que, además de elaborar el trauma y reconstruir su vida, también deben realizar el trabajo de absolver al agresor.

En los casos de violencia sexual, donde el daño se produce dentro de una relación de poder y confianza, el trabajo psíquico pasa más por reconocer la traición y restituir la dignidad de la víctima que por reconciliarse con quien ejerció la violencia.

En ese contexto, exigir el perdón a las víctimas de violencia sexual no es un gesto terapéutico ni moralmente elevado. Es, muchas veces, una forma más de revictimización. Desplaza el foco del daño desde quien lo produjo hacia quien lo sufrió y coloca sobre las víctimas la carga de restaurar una armonía que nunca fue su responsabilidad romper. Y además envía un mensaje peligroso: que incluso un crimen contra un niño o niña puede terminar siendo perdonado.

El perdón no puede ser una obligación moral ni una condición para la recuperación. Algunos sobrevivientes lo eligen. Otros no. Y en los grupos de apoyo aparece con frecuencia una observación muy interesante, cuando el perdón se exige para restaurar la armonía familiar, puede convertirse en una nueva forma de dominación y coerción.

Hay perdones que se pronuncian en nombre de la paz familiar y social mientras el daño permanece intacto. En ocasiones ese perdón se paga con el cuerpo: con síntomas persistentes, con angustias que no encuentran palabras, con enfermedades que aparecen cuando la historia vuelve a ser empujada hacia el olvido.

Los sobrevivientes no necesitan que se les exija perdonar. Necesitan protección, cuidado, reconocimiento y justicia. El verdadero comienzo de la recuperación no es el perdón, es que el agresor deje de tener un lugar en la mesa, en el club, en la iglesia y en los organismos y que la sociedad deje de pedirle a las víctimas que sostengan el silencio que lo protege.

Con información de Infobae