Vivir la experiencia de dos fuertes movimientos telúricos casi simultáneos conmociona profundamente la fibra humana en las comunidades afectadas. Más allá de los comprensibles daños materiales visibles en las calles, este tipo de contingencias ambientales genera una alteración inmediata en el organismo.
Durante el sismo, el cuerpo reacciona bajo un estado de alerta extrema liberando ráfagas masivas de hormonas como la adrenalina y el cortisol. Este mecanismo natural de defensa eleva abruptamente la presión arterial y a su vez, multiplica el riesgo latente de sufrir severas afecciones cardíacas de forma imprevista.
Las horas y días posteriores al evento representan una fase sumamente crítica para la estabilidad emocional y física de las personas. La pérdida de la tranquilidad y el temor colectivo mantienen sobreestimulado el sistema circulatorio, pudiendo desencadenar complicaciones como crisis hipertensivas o arritmias de consideración.
El impacto emocional directo en el músculo cardíaco
La comunidad médica internacional destaca la presencia del síndrome de Tako-Tsubo o miocardiopatía por estrés agudo, en estos escenarios. Esta condición simula perfectamente un infarto y se manifiesta tras fuertes impresiones emocionales, debilitando temporalmente la capacidad de bombeo propia del corazón.
Frente a este panorama de vulnerabilidad, el Dr. José González Urdaneta, cardiólogo del Grupo Médico Santa Paula (GMSP), explica que en el caso de las crisis hipertensivas, los pacientes presentan un aumento súbito de los valores arteriales, entre otros signos, por lo que deben mantener un control estricto y ser evaluados a la brevedad.
Abordar la salud a tiempo constituye la decisión más acertada para mitigar consecuencias secundarias derivadas del estrés colectivo. Resguardar el bienestar cardíaco requiere de acciones conscientes y del acompañamiento de especialistas calificados.
Con información de Nota de Prensa
