27 de julio del 2021

Comer menos chuletones apenas frenará el cambio climático

Las vacas no tienen tanta influencia en el clima como se quiere hacer creer, y podrían tener un efecto neto positivo

Los argumentos contra el consumo de carne son muy llamativos. No cualquier carne, sino específicamente la de vaca. Para tener un kilo de filetes, se dice, son necesarios 25 kilos de grano. Si todo ese grano se destinara al consumo humano se podrían alimentar 3.500 millones de personas más. Tres cuartas partes del suelo arable se emplea para la ganadería. Una sola hamburguesa necesita más de 1.600 litros de agua. La lista sigue.

Lo malo de estos argumentos es que proceden de cálculos simplistas o incompletos, que no tienen en cuenta todos los factores implicados, y en su mayor parte producen conclusiones incorrectas. Es decir, no soportan un mínimo escrutinio científico.

Esto no quiere decir que el consumo de carne esté libre de pecado. La crueldad animal, la destrucción de la selva amazónica para plantar grano y pastos para el ganado, la contaminación producida por las explotaciones intensivas, la pérdida de biodiversidad, todos ellos son problemas muy reales que necesitan soluciones urgentes.

Sin embargo, propagar información sesgada e incorrecta sobre el consumo de carne y sus consecuencias sobre el clima y el agua es muy poco probable que ayude a solucionarlos. Como mucho, hará perder fuerza a los necesarios esfuerzos para atajarlos. Veamos por qué.

El error de la FAO
El doctor Frank Mitloehner es profesor del departamento de ciencia animal de la Universidad de California, Davis, y está especializado en la medición y mitigación de los contaminantes atmosféricos procedentes de la producción ganadera, incluidos los gases de efecto invernadero, como el metano.

Mitloehner saltó a la fama en 2006 cuando respondió al informe de la FAO, “La larga sombra del ganado” que aseguraba que el 18% de las emisiones de gases de efecto invernadero provenían de la ganadería, más que el transporte global.

Nada de eso, dijo el profesor. La ganadería afecta al medio ambiente, pero no está causando el cambio climático. En la FAO estaban comparando peras con manzanas, incluyendo en las cuentas todas las emisiones de las plantas producidas para alimentar vacas, los fertilizantes usados en esos cultivos, y todos de los medios de transporte utilizados para la distribución de carne, leche y huevos. Los autores del informe de la FAO tuvieron que rectificar públicamente y aceptar que las emisiones reales del ganado estaban alrededor del 5%.

Sin embargo el daño ya estaba hecho y las cifras del informe original se siguen citando como si fuera un mantra. De nuevo, esto no quiere decir que el impacto no exista.

¿Y si todo el mundo fuera vegano?
La producción de comida en general representa el 26% de las emisiones de gases de efecto invernadero, y una tercera parte corresponde a la carne y el pescado. Haciendo cuentas, eso es un 8%, aún lejos de la cifra original de la FAO.

¿Qué pasaría entonces si toda la población se volviera vegana durante un año? Utilizando las cifras revisadas, y basándose en datos de EE UU, uno de los países donde la producción de carne, y la agricultura en general, es más contaminante, la reducción en las emisiones de gases de efecto invernadero sería de un 2,6%, según un estudio publicado en 2017. La práctica tan extendida de un día por semana sin carne representaría una mínima reducción de emisiones de un 0,37%. Ni siquiera sería medible.

La falacia del agua
Otro de los argumentos contra el consumo de carne, especialmente de vacuno, es el elevado consumo de agua que estos animales representan. Sin embargo, más del 87% del agua consumida por el ganado es agua de lluvia la llamada agua verde, y un 6% adicional aguas grises. El resto es agua azul, el agua dulce de los embalses. Esto quiere decir que en su mayor parte es agua que iba a pasar al suelo directamente en cualquier caso, y que solo lo hará un poco más tarde, cuando la vaca tenga ganas de orinar.

Lo mismo ocurre con el agua empleada para el grano con el que se alimenta el ganado, que también procede en su mayor parte de la lluvia, y por completo en los pastos, que en más de la mitad de los casos son los que se usan para alimentar animales en terrenos no arables.

Esos 1.600 litros por hamburguesa son en su mayor parte de aguas verdes, y solo una pequeña cantidad es agua azul, potable o de riego. En comparación, los regadíos de España consumen el 80% del agua dulce del país, según datos del INE. Para producir un litro de leche de almendra se necesitan más de 900 litros de agua de riego.

Las cuentas de las proteínas
Teniendo en cuenta lo anterior, para producir un filete de 200 gramos serían necesarios 215 litros de agua de riego. En comparación, conseguir 200 gramos de arroz necesita 158 litros. Puede parecer más eficiente, kilo por kilo, producir arroz que carne. La realidad es un poco más complicada.

En 200 gramos de carne hay 50 gramos de proteínas, el nutriente más importante para el ser humano y cuya deficiencia provoca la mayoría de los problemas de desnutrición en el mundo según la FAO.

En comparación, 200 gramos de arroz solo aportan 14 gramos de proteínas, ya que se compone casi por completo de carbohidratos. Las plantas son menos densas en nutrientes que la carne. Es perfectamente posible sobrevivir comiendo solo carne, como demuestran las ancestrales poblaciones de esquimales, pero para conseguir la cantidad necesaria de proteínas es preciso comer un volumen de plantas mucho mayor, Por ejemplo, una pechuga de pollo de 200 gramos tiene las mismas proteínas que 680 gramos de lentejas hervidas.

La falacia de los recursos
Se repite hasta la saciedad que con el grano que se usa para alimentar vacas, un tercio del total mundial, se podría usar para alimentar a las personas. Sin embargo, según los propios datos de la FAO, el 86% de lo que come el ganado del mundo es comida no apta para humanos. Del resto, la mayor parte se utiliza para alimentar pollos y cerdos, animales monográstricos como nosotros, no vacas.

Es cierto que en países como EE UU la mayor parte del ganado se alimenta con grano, pero es un porcentaje pequeño del total mundial. El ganado además consume los desechos agrícolas, como la paja, las hojas y tallos del maíz o las pieles de las habas de soja. No es cierto que hagan falta 25 kilos de grano para producir un kilo de filetes. La cifra, según el mismo informe de la FAO, es de 2,8 kilos de grano consumible por humanos.

Así que las vacas están convirtiendo comida no apta para humanos en comida apta para humanos, como carne y leche. En la mayor parte del planeta, no le quitan la merienda a nadie.

El ciclo del metano
En el mundo hay 1.000 millones de vacas. Eso es un montón de eructos de vaca, que se componen sobre todo de metano, que sube a la atmósfera. El metano produce un efecto invernadero 25 veces superior al CO2. Sin embargo, el metano se descompone en unos 12 años, mientras que el CO2 permanece entre 300 y 1.000 años en la atmósfera.

El 74% de las emisiones de gases de efecto invernadero corresponden al CO2. El metano representa solo el 16%, del cual  el ganado solo emite una cuarta parte. Aún así podría considerarse un problema. Sin embargo, el metano que producen las vacas tiene su origen en el carbono atrapado por las plantas. Cuando el metano se descompone, se convierte en agua y CO2, que es absorbido de nuevo por las plantas. Es un ciclo cerrado en el que no se añaden nuevos gases.

En cambio, el CO2 emitido por los combustibles fósiles no pertenece a ningún ciclo. El carbono procede de plantas atrapadas en el subsuelo hace millones de años y convertidas en petróleo. Ese carbono fue eliminado de la atmósfera hace mucho, y lo hemos devuelto a ella todo de golpe en apenas un siglo. Este es el verdadero causante del cambio climático, no las vacas.

El problema del suelo y la agricultura regenerativa como solución
Otro argumento habitual es que si toda la tierra usada para el ganado y su alimento se dedicara al consumo humano no habría necesidad de comer carne, ya que habría mucha más comida disponible. Este argumento hace aguas por dos lados: los pastos no se puede usar como suelo agrícola, y además los animales son imprescindibles para fertilizar el suelo.

Los pastos representan entre el 22 y el 26% de la tierra emergida en el planeta libre de hielo. Toda esta enorme extensión de terreno en general no sirve para la agricultura. Puede ser demasiado escarpado o demasiado pobre en nutrientes, pero es suficiente para que los rumiantes vivan de la hierba, sin necesidad de un aporte externo.

Este es el principio de la agricultura degenerativa. Los rumiantes comen pasto, y al mismo tiempo fertilizan los pastos con sus excrementos. Hay que tener en cuenta que la mitad de los fertilizantes usados para la agricultura en el planeta son estiércol de origen animal.

Por desgracia una tercera parte del ganado del mundo se cria en condiciones poco sostenibles, y en el caso de Brasil, el segundo productor mundial, sobre terreno arrebatado a la selva amazónica.

Por el contrario, las vacas son esenciales para el sostenimiento de los ecosistemas basados en pastos, y el resultado es carne y leche gratis, que en la agricultura regenerativa no consume ningún recurso aprovechable por los humanos.

Qué ocurre cuando no hay suficientes rumiantes
Un ejemplo de lo que ocurre cuando se elimina a los rumiantes es el desastre ecológico que llevó a la gran crisis del año 1927 en EE UU. Cuando los primeros colonos se extendieron por el territorio que hoy es Estados Unidos se encontraron con inmensas praderas que sostenían una población de uso 40 millones de búfalos. Pero en 1880 la caza indiscriminada los llevó casi al borde de la extinción, cuando se contaron menos de 100 ejemplares.

La aniquilación de los bisontes tuvo graves consecuencias. Las hierbas cortas y resistentes, sin nadie que las comiera, fueron sustituidas por hierbas más altas pero menos estables. La introducción de vacas domésticas hizo que fuera necesario más tierra por rumiante, y pronto las praderas desaparecieron.

Cuando se plantó trigo en donde antes estaban las praderas, el suelo se agotó en unos pocos años. El resultado fue el Dust Bowl de los años 30, uno de los peores desastres ecológicos de la historia. La destrucción las praderas produjo sequías que duraron hasta ocho años. Las tierras áridas y cuarteadas provocaron tormentas de polvo que arruinaron las demás cosechas y causaron la ruina económica y social del país.

La Gran Depresión nos trajo obras inmortales como “Las uvas de la ira” pero debería ser un recordatorio de que necesitamos a los rumiantes para que este planeta funcione.

Quo.es

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