Aunque la Convención Marco de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) sobre el Cambio Climático de 1992 no decretó formalmente una fecha, el 26 de marzo se ha consolidado globalmente como el Día Mundial del Clima para dar seguimiento a los acuerdos de Río. Sin embargo, el espíritu de reflexión sobre la urgencia de tomar medidas para preservar el planeta parece haber pasado inadvertido ante el avance de la crisis.
Ciertamente, los desastres o eventos naturales han estado en el planeta desde su génesis, y son los que han definido la geografía que conocemos. Sin embargo, en las últimas décadas, precipitaciones e inundaciones extremas, períodos de intensa sequía y olas de calor han sido una constante que pareciera ir en ascenso sin freno y con mayor frecuencia.
Hoy, el planeta confronta con una realidad implacable: las promesas de Río no solo se diluyeron, sino que el calentamiento acelerado por actividades humanas ha transformado un «cambio gradual» en una crisis sistémica o emergencia inminente.
La Organización Meteorológica Mundial (OMM) confirmó que 2025 fue el segundo o tercer año más cálido en 176 años de registros, con temperaturas globales 1,43 °C por encima de niveles preindustriales. Este registro hace que el término «cambio climático» suene a evolución lenta, cuando en realidad ocurre lo contrario. Por ello, actualmente lo adecuado es mencionar «crisis» o «emergencia» pues gritan urgencia, tal como lo han alertado la ONU y el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC).
La ONU prefiere «crisis» para enfatizar tendencias como los 11 años récord (2015-2025), mientras la Organización Mundial de la Salud la llama «emergencia de salud» por 250 000 muertes anuales adicionales proyectadas al 2030. El uso de un término u otro no disminuye el alto impacto que se pueden evidenciar en números.
2025: un año de récords no tan alentadores
Para muchos, 2025 no fue un año más: fue un punto de no retorno en el colapso climático. De acuerdo a la OMM, las temperaturas medias globales superaron el umbral de 1,2 °C de 2024 y consolidaron 11 años consecutivos de récords desde 2015. Números altamente preocupantes, nuestro planeta se está quemando.
En diversas publicaciones en la web, se menciona que el año pasado, las concentraciones atmosféricas de dióxido de carbono llegaron a 423,9 partes por millón (ppm) en 2024, con un incremento anual de 3,5 ppm, el mayor desde 1957. Emetanoste nuevo pico surgió como consecuencia de la quema de fósiles.
Hay más, el metano, 27-30 veces más potente que el CO₂ en 100 años, llegó a 1.942 partes por billón (ppb), un 266% por encima de niveles preindustriales, impulsado por ganadería intensiva y fugas en pozos de gas. El óxido nitroso (N₂O), de fertilizantes agrícolas, subió a 338 ppb, 125% más que en 1750.
A todo lo anterior se suma el calor atrapado en la atmósfera terrestre, que de acuerdo a los registros difundidos de diversos portales y páginas de organismos relacionados con la materia, alcanzó su máximo desde 1960, con océanos absorbiendo el 91% del exceso: esto elevó el nivel del mar 11 cm desde 1993, acidificando las aguas en -0,017 unidades de pH por década desde 1985.
Sigamos enumerando 2025. Los eventos extremos se dispararon: olas de calor letales en India que produjeron más de 500 muertes en mayo y en Europa, específicamente en España, se registró el récord de 48 °C. Inundaciones en Pakistán que ocasionaron 1000 fallecidos y 1,57 millones de damnificados; huracanes categoría 5 en el Caribe y Pacífico, que dejaron daños por $ 200 000 millones.
Los países de Nuestramérica no escaparon de estas anomalías: sequías en la Amazonía con pérdida de 20 % de cobertura boscosa; en México se redujo 40 % en cosechas de maíz. Argentina registró olas de calor en Buenos Aires que superaron 42 °C y Venezuela no se quedó atrás con una intensa sequía y elevadas temperaturas que desencadenaron incendios forestales en varios puntos del territorio.
Los villanos del colapso
Uno de los mayores responsables de la crisis climática son los llamados combustibles fósiles dominan: representan 75% de las emisiones de gases invernadero generadas por los humanos. Hay que recordar que los gases invernaderos son necesarios para mantener la temperatura en el planeta, no obstante, al incrementarse más de lo que la atmósfera requiera, se convierte en una capa gruesa que hace que el calor se concentre y se transforme en una especie de olla de presión.
No obstante, pese a estas alertas, pareciera que muchos países pasan por alto el colapso ambiental y siguen generando de forma indiscriminada los combustibles responsables de acrecentar la emergencia climática. China, por ejemplo, produce 50% del carbón global; EE. UU y Rusia lideran los gases derivados de los hidrocarburos que han amentado el calentamiento post-1990.
Pese a estos números, el Gigante asiático planea duplicar carbón para 2030 y la India se ha propuesto triplicarlo. Arabia Saudí y Qatar expanden gas natural licuado. Todo esto sin mencionar acciones asumidas por el actual Gobierno estadounidense que aprobó 5.000 km nuevos oleoductos, perforaciones Alaska, lo que aumentan las emisiones en 2%.
Todo lo anterior y muchos datos omitidos que, aunque no se incluyen en este artículo, no son menos importantes, ha producido daños irreparables como la pérdida de mil millones de toneladas de hielo por año entre 2010 y 2025 en Groenlandia, mientras la Antártida derrite 150 millones anuales. Ocho de los diez peores años de deshielo ocurrieron después de 2016, lo que elevará el nivel del mar unos 20 cm para 2050.
Venezuela no escapa de las embestidas de la emergencia climática. En 2025, una muestra fueron las inundaciones que impactaron especialmente los llanos y costas caribeñas, dejando cientos damnificados y pérdidas agropecuarias.
En mayo de 2024 la comunidad científica internacional declaró que Venezuela es el primer país de la era moderna en perder todos sus glaciares, luego de que el glaciar de La Corona (Pico Humboldt) fuera reclasificado como campo de hielo. Todo ello sin contar la disminución de caudales en cuencas como Caroní, el Guri que es una de las principales fuentes de energía hidroeléctrica del país.
El diagnóstico del planeta es reservado y los síntomas son visibles en cada rincón del globo. No estamos ante un ciclo natural, sino ante las consecuencias de un modelo de desarrollo que ha ignorado los límites biológicos de nuestra casa común. La ciencia ha hablado con una claridad ensordecedora y los datos de 2025 son el último llamado de advertencia: el tiempo de las promesas de largo plazo se ha agotado.
La transición hacia energías limpias, la protección de nuestros ecosistemas críticos como la Amazonía y los Andes, y una voluntad política real no son ya opciones, sino imperativos de supervivencia. La pregunta ahora es ¿qué estamos dispuestos a hacer para frenar el colapso del planeta? El futuro no se negocia; se protege, la crisis es nuestra creación y la solución, colectiva.
Con información de Ciudad Mcy






