29 de julio del 2021

La cultura uruguaya en estado crítico: salas y teatros afrontan cierre total

Montevideo.- Sin ver la luz al final del túnel y acorraladas hacia el cierre total por los números rojos motivados por la pandemia, algunas salas de espectáculos y teatros uruguayos viven la reapertura de actividades en un estado crítico que, dicen, compromete el derecho a la oferta cultural de la población.

Suspendidos el primer día de la emergencia sanitaria, el 13 de marzo de 2020, los espectáculos volvieron en julio, convirtiéndose Uruguay en vanguardia de la región al ser el primer país en abrir teatros o en ofrecer conciertos, incluso internacionales, como los de la mexicana Julieta Venegas o el argentino Kevin Johansen.

No obstante, y pese a no registrarse brotes de covid-19, las salas cerraron de nuevo en diciembre cuando el pico de contagios llevó a que el Ejecutivo endureciera sus medidas de prevención. La queja del mundo de la cultura es que su sector no es prioritario como otros.

No obstante, las autoridades, aun reconociendo que la situación es difícil, han implementado apoyos pues, como dice a Efe la directora nacional de Cultura, Mariana Wainstein, «ya quedó claro en todo el planeta que la actividad cultural no solamente es importante en materia de entretenimiento, sino de salud mental» y que es necesaria porque «crea conciencia, compromiso y solidaridad».

 

Sin bombillos ni platillos

Después de que el 6 de enero el presidente uruguayo, Luis Lacalle Pou, anunciara que los espectáculos se retomarían este lunes «con aforo mínimo», el vasto sector de la cultura, que sufrió un impacto más al ver cancelado su carnaval -el más largo del mundo con 40 días-, vive horas de «dolor» e «incertidumbre».

Como señala a Efe el presidente de la Federación Uruguaya de Teatros Independientes (FUTI), Washington Sassi, quienes viven del teatro, la danza y otras artes atraviesan un momento «bastante crítico» por las pérdidas motivadas por abrir con un aforo del 30 % de la sala.

El presidente de FUTI, que nuclea a unos 20 grupos, explica que solo cuatro de sus asociados podrían reabrir, ya que la mayoría «no tiene cómo hacer frente a los gastos».

Sassi y la presidenta de la Sociedad Uruguaya de Actores, Alicia Dogliotti, coinciden en que apoyos como el programa «Butaca solidaria», del Ministerio de Educación y Cultura -que pretende apoyar a salas con aforo inferior a 300 localidades y a artistas que trabajaron en ellas-, son insuficientes.

Según Dogliotti, la situación de muchos teatros, sumado a que el 50 % o 60 % de los actores de la SUA están desocupados, habla de un ámbito cultural «sumamente castigado».

«El verano nos agarró mal, hemos sido extremadamente perjudicados con un carnaval suspendido (…), tenemos compañeros técnicos que son los diseñadores y diseñadoras de vestuario, puestas en escena, letristas y artistas arriba del escenario cantando o bailarines, bailarinas. Es un mundo que mueve muchísima gente y ya no cuenta», expresa.

Wainstein coincide en que el «impacto peor» fue para los eventos vinculados al verano, al aire libre. Es «tremendo», dice a Efe, porque «se cruzan la actividad cultural y la turística».

 

La música se apaga

Instalada en Montevideo desde 2012, la sala musical Blast anunció el día 6 su cierre definitivo.

El músico y copropietario Matías Martínez describe a Efe la llegada de la pandemia como «un baldazo de agua fría» para su local, que había apostado a diversificar los géneros musicales de sus shows con «una inversión grande» para mejorar su acondicionamiento.

Con capacidad para entre 300 y 400 personas, Blast se topó con que los 68 lugares habilitados durante los meses que reabrió no eran rentables y, aunque tuvo ciclos de blues y jazz con pintura en vivo o conciertos de reconocidos artistas como Laura Canoura, el panorama era oscuro.

«La oferta fue variada pero bajo estos números es muy difícil. Todas las salas están pasando por lo mismo, nosotros al ser más independientes es todo a pulmón (…), pagar un alquiler quizás te hace la diferencia y ahí es donde sentimos que tendríamos que haber tenido algún tipo de apoyo del Gobierno», indica el músico.

A ese respecto, Wainstein apunta que su dirección negocia con empresas públicas «para apoyar a infraestructuras culturales y hacer una diferencia en el pago de sus tarifas», además de otras medidas, como intentar «salir de la informalidad» en el sector y la apertura de una oficina de internacionalización para buscar «nuevos mercados para la cultura uruguaya».

Desde la llegada de la pandemia, la música y el resto de artes escénicas se reinventaron mediante la transmisión en línea de recitales desde casas o estudios de los artistas o la difusión de obras teatrales y danza.

Ante este panorama, el productor Gonzalo Rius, que trabajó en megaconciertos como los que hicieron en Uruguay Paul McCartney, los Rolling Stones o Roger Waters, propuso un plan que califica como «de urgencia» para la cultura.

Rius, que integra el colectivo Uruguay Es Música, dice que, a partir del diálogo con otros colegas, cree que si el Estado acepta contratar artistas o subvencionar proyectos, podría reactivarse toda la cadena.

«Me parecería interesante que se utilizaran recursos como los medios públicos (…) y se genere un producto audiovisual de calidad en base a conciertos pensados para ese esquema», puntualiza y agrega que hay fondos públicos para eventos que no se usaron en 2020 y podrían reasignarse.

 

Un problema macro

Blast no fue la única sala acorralada por la covid-19, ya que otras, como Tractatus o el Teatro del Notariado, también cesaron su actividad.

Dado que, como apunta Sassi, la alarma en otros teatros, como el Circular de Montevideo, ya está encendida, hace falta reflexionar por qué la cultura no es vista como una prioridad frente a otras.

«Todo lo que tiene que ver con la cultura no ha sido atendido como es debido cuando además (este) es uno de los elementos más importantes para el desarrollo de la gente», acota el actor y director teatral.

Coinciden en ello Rius, Martínez y Dogliotti, quien enfatiza que el cierre de salas «es pérdida de patrimonio y de identidad» y debería ser prioritario para las autoridades.

Wainstein no difiere mucho al considerar que «si cierra una sala cierra una cadena de valor muy importante y una actividad de un valor, en parte intangible, pero totalmente conectada al desarrollo económico» de Uruguay.  EFE

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