Cualquiera que la vea por la calle se daría vuelta. A sus 38 años Elizabeth Smart es de una belleza despampanante. Podría ser una estrella de Hollywood. Si fuera con su marido, Matthew Gilmour, y con sus tres hijos, Chloé (10), James (8) y Olivia (6), nadie dudaría de que conforman la estampa de una familia perfecta.
Podríamos decir que todo lo anterior es totalmente cierto porque ella es una estrella de la pantalla por los documentales que se han hecho sobre su vida (Netflix acaba de estrenar Secuestros: Elizabeth Smart, donde se cuenta su historia en un relato del que también participan sus familiares) y, además, efectivamente es parte de una familia feliz. Pero para arribar a este punto luminoso hubo antes una historia de terror. Una tragedia donde el espanto no logró frenar la esperanza, donde la vida le ganó segundo a segundo a la muerte, donde la violación repetida y la tortura no pudieron doblegar la voluntad de una menor por sobrevivir, donde quien era la víctima consiguió convertirse en la heroína que sorprendió al mundo y en la activista que trabaja en defensa de todos los niños.
Una de seis
Elizabeth Ann Smart fue la segunda de seis hermanos: dos mujeres y cuatro varones. Nació el 3 de noviembre de 1987 en Salt Lake City, dentro de una familia sumamente religiosa.
Edward y Lois educaron a sus hijos de manera estricta, como miembros de la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Al momento que cambió su vida, Elizabeth concurría al colegio Bryant Middle School donde era una alumna aplicada, alegre, que tocaba muy bien el arpa.
Transcurría el otoño del año 2001 cuando Lois Smart, quien paseaba por el centro de la ciudad con su hija Elizabeth, observó a un hombre pidiendo limosna. Comprometida con sus valores quiso enseñarle a su hija la faceta solidaria: se acercó al mendigo y charlaron con él. El hombre sostuvo llamarse Emmanuel. Antes de irse, Lois le dio cinco dólares y le preguntó si estaba dispuesto a realizar algún trabajo para ganar dinero. Emmanuel respondió que sí. Lois le ofreció reparar el techo de su casa y quedaron que haría ese trabajo en noviembre, antes de que llegara el frío.
La casona de los Smart era impresionante y estaba ubicada en medio de una naturaleza descomunal en el exclusivo barrio Federal Heights de la ciudad de Salt Lake City, en el estado norteamericano de Utah. Contaba con varias plantas, era de color tiza con techos de pizarra gris oscuro.
Cuando llegó la fecha Emmanuel se presentó y comenzó con las reparaciones necesarias. El trabajo le llevó varios días.
Nadie podía adivinar que esa maniobra empática de Lois iba a cambiar sus vidas para siempre.
Robada de su propia habitación
La tarde del miércoles 5 de junio de 2002 fue la ceremonia de fin de clases en el colegio secundario Bryant. Cuando la familia Smart volvió a casa, los chicos se prepararon para irse a dormir a sus respectivas habitaciones.
Edward chequeó que las puertas estuvieran cerradas, pero no activó la alarma. A veces, no lo hacía porque sus hijos se levantaban varias veces por la noche para ir al baño y los movimientos disparaban las alarmas haciendo gran bochinche. Después de todo, nunca pasaba nada en ese barrio tan cuidado.
Elizabeth Smart, 14, compartía su cuarto con una hermana menor, Mary Katherine, 9. Después de charlar de leer Ella Enchanted (en español, Ella encantada), la novela juvenil de Gail Carson Levine, apagaron la luz y charlaron en la oscuridad. Al final ambas se durmieron en la seguridad absoluta de su habitación. Sus padres descansaban a unos pocos pasos.
Poco después de las dos de la mañana Elizabeth se despertó con algo que le presionaba la garganta. Abrió los ojos y distinguió en la oscuridad a un hombre blanco, de pelo oscuro y con una gran barba, íntegramente vestido de negro que mantenía un cuchillo apretado contra su cuello.
¡¡Ouch!! dijo en voz alta asustada pero el intruso murmuró amenazante que no gritara, que se quedara quieta si no quería que las lastimara a ella y a su hermana.
Mary Katherine también se había despertado al escuchar al sujeto. Le sonó una voz conocida, pero aterrada simuló seguir dormida.
El hombre de negro le exigió a Elizabeth salir de la cama. Mary Katherine intentó ver algo con sus ojos entrecerrados. Creyó que el tipo tenía un arma de fuego. Luego oyó levantarse a su hermana y cómo crujían las maderas del piso bajo el peso del intruso y de Elizabeth. Los pasos se fueron alejando. Temblando se introdujo bajo su cama y esperó allí con el corazón desbocado. ¿Podría ese hombre horrible volver para llevársela a ella también?
Demoró dos horas en vencer el miedo para salir de su escondite e ir a avisarle a sus padres.
El secuestrador llevaba una notable ventaja.
Entró al cuarto de Lois y Edward y los despertó: un señor con barba se había llevado a Elizabeth hacía rato.
Edward creyó que su hija estaba teniendo una pesadilla. No le creyó y fue corriendo hasta el cuarto de las chicas. Elizabeth no estaba. Siguió buscándola por cada ambiente y cada piso. Abajo halló el mosquitero de una ventana rasgado.
La adrenalina comenzó a abrirse paso por su cuerpo: alguien había raptado a Elizabeth.
Llamaron al 911 a las 4.01 de la madrugada. Y enseguida se disparó la alerta. La noticia de una menor sustraída de su propia casa comenzó a circular por radio y televisión. Era una bomba mediática por el perfil de la secuestrada, el barrio y que estaba en su dormitorio, un sitio considerado sumamente seguro.
La familia ofreció una recompensa de 250 mil dólares y la policía 10 mil dólares más.
Una legión de voluntarios formada por 700 personas más 25 policías y el FBI encabezaron la búsqueda.
Las pistas que llegaron eran muchísimas a razón de un llamado por minuto. Pero no condujeron a nada ni a nadie.
En medio de la angustia y la locura Edward Smart tuvo que ser hospitalizado por el estrés que estaban atravesando.
Pavor en marcha
Minutos después de ser secuestrada, mientras la adolescente era arrastrada por su captor en medio de la oscuridad, un auto de policía pasó cerca de ellos. A punta de cuchillo, el hombre la obligó a tirarse al piso: “Si te movés te mato acá mismo”.
Elizabeth no dijo nada, pero ya se había dado cuenta quién era su secuestrador. Era aquel mendigo rescatado por su madre, que meses atrás les había reparado el techo: Emmanuel. Su captor la empujó montaña arriba. No veía ni dónde pisaba. Llegaron a un campamento improvisado en medio de un bosque.
Allí estaba Wanda Barzee, la mujer de ese hombre que ella creía se llamaba Emmanuel. En realidad les había mentido a ella y a su madre: su verdadero nombre era Brian David Mitchell. Y era un delirante que se autoproclamaba predicador de la palabra divina y se hacía llamar Isaiah.
Esa misma mañana, sin dormir, en medio de una desquiciada ceremonia que condujo Wanda, cautiva y captor fueron “casados”. Era una pesadilla.
Terminada la celebración Mitchell le anunció que había llegado el momento de consumar el matrimonio.
Elizabeth no sabía de qué le estaba hablando. Lo iba a comprender en breve.
A menos de cinco kilómetros de su anterior vida, de sus adorados hermanos y sus padres, ya nada se parecía a lo conocido. En su nueva y espantosa realidad, los días siguientes, llegó a escuchar las voces de quienes la buscaban entre las colinas. Pero luego esas voces se perdían. ¿Qué podía hacer?
Mitchell, que decía experimentar “revelaciones religiosas” y expresaba su deseo de tener hasta 350 esposas, empezó con sus horrendas violaciones. Hasta cuatro veces al día.
Elizabeth no quedó embarazada porque todavía no había menstruado. Algunas veces la encadenaban a un árbol donde pasaba frío y hambre. Otras, la dejaban en un agujero oscuro en el suelo y le daban basura para comer. También fue obligada a tomar alcohol hasta emborracharse. Todos los días tenía que mirar pornografía. La realidad era demasiado para tolerar y el miedo no colaboraba. Mitchell repetía: si se le ocurría escapar o pedir ayuda, la mataría sin titubear. Si gritaba también podría ir y matar a toda su familia. Elizabeth sabía perfectamente que él conocía todos los recovecos de su casa y conocía a sus hermanos. Claro que le creyó. Y calló.
Wanda presenciaba las violaciones de Mitchell en esa carpa a la que la pareja llamaba: El altar de Emmanuel.
Elizabeth contaría en una entrevista años más tarde:
“Estaba en shock. Pensé que no podía ser en serio. No podés simplemente secuestrar a una menor y decir que es tu esposa. Nunca dije que sí. Nada estaba bien… Siempre pensaba en escapar, cómo volver con mi familia. Nunca dejé de pensarlo (…)”. En otros reportajes relató: “Recuerdo cuando me obligaban a tomar alcohol (…) Una vez me hicieron tomar tanto que vomité, perdí el conocimiento, y ellos me dejaron tirada allí toda la noche, y cuando me desperté a la mañana siguiente todavía tenía la cara y el pelo pegados al suelo, y se reían, y ella se reía tanto como él, si no más que él (…) la sensación que ella irradiaba: era oscura, malvada».
Tres meses después, en septiembre de 2002, Mitchell, Wanda y Elizabeth subieron a un ómnibus con destino a California. Llegaron a la ciudad de San Diego. Allí se pasaron varios meses más moviéndose entre campamentos y hogares para gente sin recursos. Comían los tres en refugios para los sin techo.
Fue entonces que Mitchell volvió a intentar secuestrar a otra chica más. No tuvo suerte.
Muchas veces la joven estuvo en sitios públicos. Ellos la vestían con ropa blanca de pies a cabeza y le tapaban la cara con un velo que la cubría totalmente.
Nadie se fijaba en ella. Aunque lo hubieran hecho ella estaba muteada por el pavor a Mitchell: jamás se animaría a pedir ayuda.
El calvario y la angustia
Mientras Elizabeth vivía su calvario, su familia atravesaba la angustia asfixiante de no poder dar con su paradero. ¿Estaría viva?¿La habría matado? ¿Dónde podría haberla llevado su secuestrador?
Los detectives de homicidios no descartaban nada ni a nadie. Tanto Edward, su padre, como otros miembros de la familia fueron sometidos al detector de mentiras.
El 14 de junio la policía arrestó al primer sospechoso en el caso: Richard Ricci, de 48 años. Este delincuente que estaba en libertad bajo palabra había trabajado en la casa de los Smart. Les había robado joyas y dinero, y había hecho lo mismo en otras casas del barrio. Pero Ricci aseguraba no saber nada de la adolescente. A pesar de ello fue detenido.
El 24 de julio de 2002 sucedió otro hecho inquietante: la policía fue llamada a la casa de la hermana de Lois Smart. Una prima de Elizabeth, Olivia Wright de 15 años, se había despertado cuando un hombre intentaba cortar el mosquitero de su ventana. Reaccionó rápido y el hecho quedó trunco. El temor de las familias de la zona se exacerbó. Los Smart no podían creer la casualidad: el intento de secuestro y el mosquitero roto.
Nadie podía saberlo, pero ese hombre que pretendió repetir la operación de un secuestro nocturno, era el mismo que tenía cautiva a Elizabeth. En realidad el audaz Mitchell había decidido raptarla porque había escuchado a Elizabeth hablar de ella.
Las novedades siguieron sucediendo mientras más de seis mil pistas eran revisadas.
En agosto, dos meses después, los hermanos de Elizabeth volvieron al colegio. La vida debía continuar para ellos. El 30 de agosto, Ricci, el sospechoso detenido, tuvo un ACV en prisión y murió. La policía seguía pensando que podía ser el culpable.
En octubre por presión de la familia las cosas llegaron hasta el presidente Bush que alentó personalmente para que se implementaran los sistemas rápidos, tempranos y unificados de alertas para las desapariciones de menores.
Cuando la televisión salva
El 12 de octubre de 2002, a cuatro meses del secuestro, la niebla mental de Mary Katherine sobre lo sucedido empezó a disiparse. De pronto, la pequeña pudo recordar al captor de su hermana: se iluminó y dijo que la voz que había escuchado aquella noche era la del hombre que les había reparado el techo casi un año antes. La policía paró todas sus antenas y confeccionó un identikit. Pero no encontraron a Emmanuel. No sabían tampoco si ese era su verdadero nombre.
Para este momento Mitchell ya se había trasladado con su mujer y Elizabeth a California.
El 3 de noviembre de 2002 fue el cumpleaños número 15 de Elizabeth. La familia estaba desesperada, llevaban cinco meses sin noticias.
En enero de 2003, Mary Katherine y los otros cuatro hermanos de Elizabeth, fueron entrevistados por Jane Clayson, del programa 48 Hours Investigates de la CBS. Los Smart estaban apostando fuerte para producir algún avance. El 3 de febrero, la familia decidió jugar una carta más agresiva: difundir el rostro dibujado de ese hombre que alguna vez dijo llamarse Emmanuel.
Llegaron al programa America ‘s Most Wanted (Los más buscados de América) que conducía John Walsh, un hombre que había vivido en carne propia el drama de un secuestro que terminó mal, el de su propio hijo Adam de 6 años.
Apenas emitido el episodio donde se mostró esa cara dibujada, hubo cataratas de llamadas. Los hijastros de Mitchell lo identificaron claramente con nombre y apellido: la persona que buscan se llama Brian David Mitchell.
Ahora había que encontrarlo. Las autoridades tenían suerte: todo el país conocía su cara y su nombre. Cada ciudadano oficiaba de detective. Al mismo tiempo, Mitchell y Wanda empiezan con otro divague: quieren trasladarse a Boston o a Nueva York. Elizabeth se anima y les dice que Dios querría que volvieran a la ciudad de Salt Lake City. Increíblemente sus dichos surten efecto. Convence a la lunática pareja quienes emprenden con ella el regreso. Hacen autostop, le piden a la gente que los lleve.
En el estado de Utah, en la ciudad de Sandy, muy cerca de Salt Lake City, dos parejas observan al estrafalario trío caminando por la calle. Van empujando unos carros llenos de cosas como basura, bolsas de dormir y otros cacharros. Los tres están sucios, tienen puestas unas pelucas y las dos mujeres llevan, además, velo.
Nancy y Rudy Montoya, fanáticos del programa de televisión emitido, apenas los ven se comunican con el 911. Anita y Alvin Dickerson, otra pareja, también han visto el programa de America ‘s Most Wanted y alertan a las autoridades. Nancy dijo después: “Era increíble. Estaban en la calle principal ¡a un tiro de piedra de la comisaría!”.
El programa de tevé tenía una audiencia de más de diez millones de espectadores y se habían dado dos capítulos sobre Elizabeth Smart. El caso conmovía al país entero.
El 12 de marzo de 2003 a la una de la tarde la policía llega hasta el trío. Sin mucha ceremonia rescatan a la adolescente. Al verla no dudan: es Elizabeth Smart.
Avisan a su familia que la han encontrado viva y que vayan a esperarla a la comisaría de su barrio en Salt Lake City. La llevan en su patrullero.
Con información de Infobae






