Imagina que pasas más de diez años enterrado bajo tierra, en completo silencio, alimentándote poco a poco de la savia de las raíces, sin ver la luz del sol. Y un día, sin previo aviso, sales al mundo, cantas con todas tus fuerzas, buscas pareja… y luego desapareces. Así de extraña y fascinante es la vida de las cigarras o como les llamamos en Venezuela: Chicharras.
Quizá las has escuchado en una tarde calurosa, ese zumbido insistente que llena el aire con un sonido intenso y constante y los más entrados en años dicen: «va a llover». Pero lo que quizás no sabías es que detrás de ese sonido hay una historia tan insólita como fascinante.

Una infancia larga y oculta
Todo empieza con una hembra que deposita sus huevos en la corteza de una ramita, en algún árbol. Al cabo de unas semanas, nacen pequeñas ninfas que caen al suelo y, enseguida, se entierran. Allí pasan años, sí, como leíste, años, a veces más de una década bajo tierra, en una existencia silenciosa y paciente.
Algunas chicharras salen cada año, es cierto. Pero otras, como las llamadas cigarras periódicas, esperan nada menos que 13 o incluso 17 años para emerger. Es como si toda una generación decidiera jugar a las escondidas…
Cuando llega el momento, todas salen a la vez. Miles, millones, inundan bosques, parques, jardines. Es un espectáculo breve y espectacular. En muchos sectores de Caracas, se empezaron a escuchar las chicharras y teníamos bastante tiempo sin ese sonido tan particular. ¿Ya sabes por qué? Estaban bajo tierra y han salido para vivir su corta etapa de adultas y aparearse.
Mucho más que ruido
Aunque para muchos son solo insectos ruidosos, lo cierto es que las chicharras cumplen un papel vital en el ecosistema. Su salida masiva no es una casualidad: al emerger en cantidades tan enormes, sirven como alimento para una gran variedad de animales —aves, ranas, ardillas, reptiles… y aún así, muchas logran sobrevivir para cantar, aparearse y continuar el ciclo.
Después de eso, sus cuerpos sin vida quedan sobre el suelo, descomponiéndose lentamente. Pero incluso entonces siguen aportando: nutren la tierra con los nutrientes que almacenaron durante años y sus túneles subterráneos ayudan a airear el suelo. Todo esto, sin que nadie lo note demasiado. En otras palabras: hacen más por el planeta de lo que uno creería a simple vista.

Ruido, sí… pero inofensivo
No vamos a negarlo: su canto es potente. A veces ese zumbido es todo lo que se escucha. Pero ese sonido no es más que la forma en que los machos intentan atraer a las hembras. Cada especie tiene su propio playlist, por así decirlo, y hay quienes incluso pueden identificarlas solo por el sonido.
¿Dañan a los árboles? Muy poco. Es cierto que las hembras hacen pequeños cortes en ramas jóvenes para poner sus huevos, pero eso rara vez provoca un daño serio. Algunos expertos lo ven casi como una poda natural: algo que el árbol soporta sin problemas.
Un símbolo que resuena más allá del canto
En muchas culturas, las chicharras han simbolizado el renacimiento, la transformación, el poder de la paciencia. Y no es difícil entender por qué. Los procesos más lentos son los más poderosos, en tiempos donde la inmediatez está a la orden del dái, las chicharras son rebeldia pura.
Hoy, estos fascinantes enfrentan insectos, enfrentan amenazas reales. La pérdida de hábitat, el uso excesivo de pesticidas y los efectos del cambio climático están afectando sus ciclos y su supervivencia. Pavimentar calles, parques, evita que puedan emerger después de su período como ninfas.
Cuidarlas es, en cierto modo, proteger todo un engranaje invisible que mantiene vivo el entorno natural. Atesora ese sonido, porque podrías tardar algunos años, en volver a escuchar ese zumbido tan particular.
Con información de ÚN






