22 de septiembre del 2021

Monseñor José Luis Azuaje: “Su beatificación nos llama a la unidad, porque José Gregorio es de todos”

Los tres últimos papas de la iglesia católica, apostólica y romana otorgaron títulos a José Luis Azuaje (Valera 6/12/1957), quien en 2002 era secretario de la Conferencia Episcopal Venezolana (CEV) y hoy día presidente de esa institución que agrupa a la jerarquía eclesiástica criolla. Juan Pablo II lo ordenó como obispo auxiliar de Barquisimeto (Lar) el 29 de marzo de 1999; Benedicto XVI lo designó obispo de El Vigía (Mér) en junio de 2016 y el Papa Francisco le hizo doble nombramiento: obispo de Barinas (agosto 2013) y arzobispo de Maracaibo (mayo 2018), actos reseñados en las páginas del Boletín Público de la Santa Sede y L’Observatore Romano. A monseñor Azuaje intentamos entrevistarlo en la pasada Semana Santa, la segunda que transcurre en tiempos de pandemia. Pero la interacción (vía Whapsapp) se dio, con ocasión de la beatificación de su paisano José Gregorio Hernández, bautizado como “El Médico de los Pobres”.

-¿Cuál es el mensaje que se desprende de la beatificación del doctor José Gregorio Hernández?

-Primero, que Dios ama a este pueblo. Nos ha dado tres beatas y ahora un beato con la particularidad que es laico, nacido en un humilde pueblo, Isnotú, y se desempeñó en el mundo académico y de la ciencias, lo que le permitió testimoniar al Dios de la vida en su profesión. Segundo, es el compromiso serio que sale de la figura del doctor José Gregorio para todo el laicado en la vida cristiana. Él supo leer los signos de los tiempos y obró conforme a ese discernimiento en favor de muchos, principalmente de los jóvenes, los enfermos y los pobres; podríamos decir que él hizo la opción por los jóvenes y por los pobres mucho antes que la Iglesia institucionalmente en nuestros documentos lo hiciera. Esta es una gran enseñanza profética.

-¿A qué nos llama esa beatificación?

-Su beatificación nos llama a la unidad, porque José Gregorio es de todos, nos lo podemos apropiar y ojalá con sus virtudes. En un país tan divido y sin horizonte, ojalá sea él quien logre unirnos en un destino común: trabajar por el desarrollo humano integral y la paz social. Nos enseña que todos podemos ser santos. La santidad está en medio del pueblo de Dios. Cualquier persona puede ser santo y cada uno a su manera; más aún los laicos con sus delicadas responsabilidades en el medio social. Es fundamental, pues, el seguimiento de Jesucristo y el compromiso con las realidades humanas.

-¿Usted cree en los milagros?

-Como cristiano creo en los milagros. Mi especialidad es una de las ramas de la teología llamada Teología Fundamental, donde uno de los principales temas de estudio son los milagros de Jesús, su significación. Realmente el amor de Dios por su pueblo hace que se obren milagros en medio de la realidad humana. Estos milagros tienen una significación propia: glorificar a Dios en la recreación de su creatura; es decir, hacer nueva a la creatura y a la creación, donde se refleje el rostro de Dios. Por eso Dios sigue obrando milagros a través de sus intercesores. Fijémonos bien. El milagro obrado por Dios a través del doctor José Gregorio Hernández a una niña venezolana, es lo más cercano que tenemos ahora.

-¿Qué milagro pide para Venezuela?

-Venezuela necesita que despertemos del letargo y dejemos de ser limosneros para poder apropiarnos colectivamente de aquello que es del pueblo y se encuentra secuestrado por fuerzas internas y externas; un país que nos pertenece a todos, una inmensas riquezas que deberían llegar equitativamente al pueblo, pero principalmente a los más pobres. Si tengo que decir algo que se refiera a un milagro social sería que todos tengamos una conversión de corazón para poder ver al otro como un hermano y compañero de camino y no como al enemigo que hay que vencer; sería el milagro de la fraternidad y amistad social, que tiene que ver con la justicia, la libertad y la purificación de la razón.

-A la luz del Evangelio, ¿los obispos venezolanos interpretan alguna señal que Dios quiere enviarle a la humanidad con esta pandemia?

-Dios no abandona a su pueblo. Él está actuando. Muchos piden un milagro y no se dan cuenta que ya lo hubo. Para mí el hecho que ya se hayan elaborado varias vacunas que generan protección es un milagro porque se realizó en menos de un año; otra cosa es la distribución y que lleguen al pueblo. Pero sabemos que sin la vacunación de al menos un 70% de la población, no cesará la pandemia.

-¿La Conferencia Episcopal Venezolana tiene fe en la vacunación masiva?

-Aquí no se trata de tener fe, sino que es una obligatoriedad moral y humanitaria del Estado el proveer las vacunas al pueblo, especialmente a los más vulnerables, puesto que en fase de emergencia solo los Estados pueden tener acceso a las vacunas, porque si la venta estuviera abierta a todas las organizaciones, la misma Iglesia estaría haciendo los esfuerzos para traer al país vacunas, así que la responsabilidad es totalmente del Estado con sus instituciones. Hay que salvar vidas y esto pasa por un plan de vacunación que integre a todos, que evite el flagelo de la corrupción y muchas otras actitudes presentes en el país. Se deben seguir las pautas dadas internacionalmente y no creerse los innovadores porque esto no ha funcionado.

-Tomando en cuenta eso último, ¿cómo debe el pueblo de Dios asumir esta calamidad sanitaria?

-Cada crisis da posibilidad de ser creativos; los problemas y las crisis brotan para ser resueltos, no para generar nuevas crisis. Hay un punto focal: generar una nueva mentalidad y, por ende, nuevas formas de asumir la realidad. Nos toca asumir este tiempo como una experiencia pasajera de purificación y de creatividad en la construcción de algo nuevo. Esto tiene que ver con la visión que tengamos de la vida y de la historia. Si tenemos una actitud conformista, seguiremos iguales, dejamos que pase la pandemia para seguir iguales, una opción no muy alentadora; ahora bien, si vemos la pandemia como una oportunidad para salir con otra actitud cambian las cosas.

-¿Cómo vislumbra este mundo post-pandemia?

-Este mundo es de todos, debe haber igualdad porque a todos los estratos sociales tocó la pandemia. Aquí hago referencia a lo que nos ha dicho el Papa, no podemos salir iguales de esta pandemia, tiene que haber algún cambio en nosotros porque el sufrimiento purifica, de ahí que hablemos de una nueva normalidad; es decir, un tiempo futuro más solidario, de mayores responsabilidades humanitarias, de mayor fraternidad; no es extraño que el Papa Francisco haya publicado su nueva encíclica, Fratelli Tutti, en tiempos de pandemia, donde invita a la humanidad a trabajar por una fraternidad y amistad social en lo personal, en la cultura, en lo social, en las creencias religiosas.

-¿Y cuál es el mensaje de la Conferencia Episcopal Venezuela ante la pandemia?

-Hay varios aspectos que podríamos considerar. Para toda la humanidad es una experiencia muy dolorosa y de mucha aflicción por lo que representa un nuevo virus cuyas consecuencias son descritas por el papa Francisco en un documento titulado “Un plan para resucitar”: las fronteras caen, los muros se derrumban y todos los discursos integristas se disuelven ante una presencia casi imperceptible que manifiesta la fragilidad de la que estamos hechos”.

-¿Cuál es la clave de ese escrito papal?

-La frase clave que debe hacernos reflexionar es que “somos frágiles”, nos creímos invulnerables por los grandes logros y las riquezas obtenidas, pero vemos que si algo nos distingue es la fragilidad; eso nos debe llevar a ser humildes, a ser solidarios, a saber que no podemos solos con las responsabilidades humanitarias o sociales que nos corresponde. Ciertamente que la pandemia ha profundizado los males que en nuestro país ya existían, sobre todo la pobreza y la falta de políticas públicas en el área de salud y de servicios públicos. Nuestra palabra no es de resignación, esa no fue la actitud de Jesús en la Cruz, sino que mantuvo una actitud de esperanza activa; es decir, como mensaje diría que debemos ser conscientes de lo que sucede en las comunidades y asumir la exigencia de lo que por derecho es del pueblo, pero si las comunidades siguen esperando la dádiva, todo seguirá peor que antes.

-Algunos pudieran pensar que Dios ha dejado a su suerte a la humanidad en esta pandemia.

-Ya lo he dicho. Dios nunca abandona a su pueblo. Pero no debemos tener un pensamiento mágico y mucho menos de negociación o trueque, Dios no obra así. A Dios lo hemos conocido por “revelación”; es decir, él ha querido manifestarse por amor a la humanidad, no porque nosotros lo hayamos obligado a hacerlo; uno de sus atributos es que es libre, pero es supremamente justo y amoroso; si la humanidad pudiera entender esto, tendríamos una nueva historia. Al inicio dije que lo que nos caracteriza era la fragilidad, también eso se cumple en nuestro pensamiento religioso que se acerca más a lo mágico que a lo revelado por Jesús. Muchos asumen una religiosidad de conveniencia, aquí reside esa fragilidad. Dios no obra por momentos parciales en la historia, sino en la historia y a través de la historia. Lo que implica su presencia en tantas personas que hoy atienden con rigor el ámbito científico, el de las atenciones médicas, el que ejerce la solidaridad, la compasión, el amor al prójimo cuyo mandamiento es semejante al de amar a Dios.

-¿Conoce usted algún profeta de este tiempo que haya visualizado esta situación de pandemia?

-Por distintos medios han publicitado personas y hasta comiquitas que supuestamente vislumbraban algo como esta pandemia. Lo cierto es que desde hace décadas se viene advirtiendo sobre la depredación del medio ambiente, sobre el problema del cambio climático, los abusos de empresas extractivas para con la madre tierra, la contaminación a través de desechos tóxicos, la falta de conciencia del ciudadano ante su medio ambiente. La Iglesia ha denunciado todas estas desgracias.

-¿Cómo ha sido la respuesta?

-El Dios revelado por Jesús no vino a darse un paseíto por nuestro mundo, vino a redimirnos y a quedarse con nosotros, por lo tanto es el Dios de la vida y el Dios de la historia. Él, hoy y siempre ha acompañado a la humanidad, su presencia se hace más patente cuando la humanidad sufre, siente compasión con quien llora, fortalece al que siente miedo. Él ha hecho su misión, la pregunta que nos debemos hacer, ¿nosotros hemos hecho lo que debemos hacer?, más si creemos en el Dios revelado, ¿cuál es la actitud que tenemos ante el sufrimiento presente?. Dios no es un suplente, es decir, no suple al que no sabe cumplir su misión humana y cristiana sino que le anima a que asuma lo que le corresponde, principalmente cuando se trata de la vida del prójimo, del pobre y vulnerable. Al final del camino ojalá podamos decir con la escritura, siervos inútiles somos, solo hicimos lo que teníamos que hacer.

-El papa Francisco ha dicho que el cristianismo “nunca ha reconocido como absoluto e intocable el derecho a la propiedad privada”. ¿Qué opina?

-Ese pensamiento lo fundamenta el Papa en la Doctrina Social de la Iglesia. Lo primero y de fundamental valor es la dignidad de la persona humana, todo debe dirigirse a reconocer y promover esta dignidad. Pero la persona no es solitaria, tiene una vocación de comunión, de comunidad y por eso vive inmersa en un pueblo, que tiene necesidad de desarrollarse integralmente, por lo que necesita todos los recursos dados por la naturaleza en una relación ética y por el ingenio humano; es decir, que la propiedad de los bienes sea accesible a todos por igual, como nos dice el Papa San Juan Pablo II en su carta encíclica Centesimus Annus. Ahora bien, la tradición cristiana nunca ha aceptado este derecho como absoluto e intocable. No es que se elimine la propiedad privada, sino que hay necesidad de reglamentarla, asumiéndola como un instrumento para el respeto del principio del destino universal de los bienes y, por tanto, en último análisis, un medio y no un fin como lo reseña San Pablo VI.

-¿Se ha producido algún acercamiento entre La Conferencia Episcopal y la Comisión Especial para el Diálogo de la Asamblea Nacional?

-Por ahora no ha habido ningún diálogo interinstitucional. Lo que nos deja la enseñanza histórica es que si no hay una actitud de escucha, para qué desgastar la palabra, es mejor dirigirla al pueblo porque es el que sufre las decisiones que ahí se tomen. Esto no indica que nos quedemos con los brazos cruzados, las leyes que esa institución proponga se deben debatir, se analizan con los especialistas y se hacen las propuestas pertinentes, si no hay respuesta, pues se publican en forma de documento al pueblo para que éste vea las distintas caras de la moneda. La AN debe legislar para el pueblo, no para su ideología ni su proyecto hegemónico.

-Los obispos latinoamericanos se reunieron de manera virtual recientemente. ¿Qué debatieron?

-Una de las actividades que debatió el Consejo Episcopal Latinoamericano (Celam) es la organización y planificación de la I Asamblea Eclesial de América Latina y El Caribe, que se realizará de forma híbrida, es decir, presencial y virtual, en la ciudad de México, con repercusiones en las 22 sedes de las conferencia episcopales, así como en la Sede del Celam en Bogotá y participará también el Vaticano. El objetivo es hacer una mirada pastoral a América Latina e ir preparando la celebración de los 500 años del acontecimiento Guadalupano 2031 y los dos mil años de la redención 2033. Así que la Iglesia en América Latina tiene mucho que hacer en pandemia y en post pandemia.

-¿Tocaron el tema de los abusos cometidos por ministros de la iglesia católica contra menores?

-También internamente reflexionamos sobre realidades dolorosas como los abusos sexuales propiciados por algunos miembros de la Iglesia, principalmente por clérigos. Este es un hecho que además de vergonzoso, es sumamente doloroso. Por eso la Iglesia ha tomado y sigue tomando medidas con la cultura de la no tolerancia y el desarrollo al interno de la cultura del buen trato. Esto jamás debe repetirse en ninguna parte. Y si se comete estos crímenes, que salgan a la luz y se denuncien para tomar las medidas pertinentes acorde a la justicia.

Al detal

  • ”¿Qué ha pasado?. Ha habido señales injustas por parte de muchos seres humanos; por ejemplo, aquellos que no han tomado en serio las medidas de bioseguridad y porque se la dan de valientes o de bravos como decimos criollamente y no usan los tapabocas, o hacen fiestas como si estuviéramos en tiempos normales, han generado una amenaza no solo para ellos mismos, sino para la familia, la comunidad”.
  • “Nosotros como Iglesia hemos asumido las normas de bioseguridad, e incluso hemos llegado a la decisión de cerrar nuestros templos, paralizando presencialmente los actos litúrgicos, asumiéndolos por vía virtual, todo esto se da para proteger a la feligresía, decisiones que no son fáciles, pero que había que tomarlas por el bien común. Eso mismo pedimos a todos, cuidarse para cuidar, es una nota evangélica, el cuidado de los otros. El Señor nos preguntará como lo hizo con Caín, ¿dónde está tu hermano?”.
  • “También en las señales de la solidaridad con las familias, con los enfermos, la entrega del sector médico que han arriesgado su salud y su vida, podemos ver señales de Dios”.

Con información de ÚN

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