20 de octubre del 2021

Mujer de 61 años luchó contra un jaguar para salvar a sus hermanos

El instinto de supervivencia es quizá una de las fuerzas más poderosas de los seres humanos. Así lo comprobó Diosina Serra Castillejo; una campesina costeña de 61 años que luchó mano a mano contra un jaguar de dos metros que estaba matando a sus hermanos.

Los Serrano Castillejo son cuatro hermanos que viven en la finca Nueva Esperanza, la cual construyeron hace años a pulso en la vereda Buenos Aires; en jurisdicción del corregimiento de Chaparral, del municipio de Sucre (Sucre) y de la cual viven gracias a la cría de animales de corral y la agricultura.

Ellos dicen que vivir en la naturaleza es un placer y aman a los animales y conviven con todas las especies que los rodean. Por eso, se les hizo raro cuando de repente empezaron a desaparecer sus patos y gallinas de sus corrales durante el verano del 2016.

Durante varios días, Antonio ‘Toño’ Serrano -el hermano mayor- se levantaba apenas la luz del alba iluminaba entre las tejas y ventanas de la Nueva Esperanza; y lo primero que veía cuando iba a revisar los corrales eran plumas y sangre en las paredes, cercas y el monte que los rodeaba.

Esa situación ya llevaba varios días y tenía bajo mucha preocupación y estrés a la familia Serrano; pues aunque en un principio temían que alguien se les estuviese robando los animales. La hipótesis a la que llegaron entre Toño, Diosina, Alberto y Sigilfredo fue que un tigrillo o una zorra patona eran los responsables de quitarles a sus queridos animales, base de su sustento.

Tras un debate familiar, los Serrano decidieron que iban a esperar la noche para que cuando llegara la zorra patona (un depredador de menos de un metro que habita esta zona de la costa Caribe) la pudieran espantar con los perros que cuidan la finca.

Así fue, Toño, Sigilfredo y Alberto lideraron la operación para ‘espantar a la zorra’, mientras que Diosina se quedó atrás viendo de lejos. Ella solo quería saciar su curiosidad, ¿en realidad era una zorra o era un ladrón? Diosina realmente no sabía qué les esperaba.

Los hermanos Serrano iban con machetes en su mano hábil y con los perros amarrados en la otra. Estaba atardeciendo y se empezaban a asustar un poco, pues temían no poder ver a la zorra y tener que desistir de su operativo improvisado.

Mientras avanzaban lentamente entre los matorrales y se adentraban en una zona de árboles altos cerca de su finca; sintieron cómo las pisadas de algo grande quebraba las hojas secas de los árboles que los rodeaban; pero no podían ver qué y soltaron a los perros para que se le fuesen encima y lo espantaran.

Sabían que estaba por pasar algo. Todo era adrenalina.

Los perros corrieron y se frenaron frente a los matorrales, pero no lo atacaron sino que le ladraban con miedo a unos pocos metros.

Un jaguar de dos metros

Los hermanos se dieron cuenta rápido que no era ninguna zorra patona y mucho menos un ladrón del pueblo; se trataba de un jaguar de dos metros que en cuestión de segundos se abalanzó sobre Toño; quien a sus 60 años no pudo hacer nada para parar a esa fiera.

Rápidamente, Sigilfredo y Alberto trataron de quitar el jaguar de la humanidad de Toño; pues el felino estaba a punto de morderle el cráneo, como lo hace con sus presas.

Sin embargo, cuando estaba a punto de aplastar como un maní la cabeza de Toño, la fiera se detuvo y prefirió abalanzarse ahora sobre Sigilfredo y Alberto, quienes lograron evitar la muerte de su hermano; pero que ahora luchaban por sus vidas.

Mientras tanto, Toño estaba tendido en el suelo inconsciente y con fracturas. Sin saberlo, había escapado por nada a las poderosas fauces del jaguar, capaz de sacar del agua y cargar a un caimán de tres metros.

Entonces, ahora no había nadie que ayudara a Sigilfredo y Alberto, quienes estaban tratando de zafarse -sin éxito- del gran felino; el cual los había mordido ya a ambos, causándoles graves heridas en sus brazos.

Sigilfredo y Alberto pensaron que todo estaba perdido y -según ellos- internamente se despidieron de sus seres queridos. Fue cuando escucharon que su hermana Diosina había llegado con un palo a golpear al jaguar que los estaba matando.

Ella había escuchado los gritos y visto que los perros chillaban de miedo y se adentró en la arboleda para saber qué pasaba. Cuando vio la aterradora escena, Diosina se armó de valor y -aunque quizá no tenía oportunidad contra el jaguar; pues sus tres hermanos no habían podido- agarró un palo y le pegó varias veces en la cabeza.

La valentía de Diosina, levantó la moral de Sigilfredo y Alberto, quienes empuñaron sus machetes y se defendieron hasta causarle la muerte al jaguar.

Sangre, sudor y miedo

Tras acabar la lucha, la escena en esa arbolada de la Nueva Esperanza parecía de película de terror. La sangre de todos rodeaba el abrazo familiar de Sigilfredo, Diosina y Alberto, quienes de inmediato acudieron a ayudar a Toño, quien parecía muerto al lado del jaguar.

Entre los tres, gravemente heridos, levantaron a sigilfredo y lo llevaron al centro de salud más cercano; desde donde fue trasladado al Hospital Universitario de Sincelejo, donde lograron estabilizarlos a todos.

Alberto, Sigilfredo y Diosina quedaron con heridas en sus extremidades que ameritaron inmovilización y que los enyesaran. Toño estuvo varias semanas internado por las heridas en la cabeza.

Ellos se habían enfrentado al poder de la naturaleza representado en el felino más grande y letal de América; el cual -pese a estar en peligro de extinción- está en el tope de la cadena alimenticia en nuestro subcontinente.

Los hermanos Serrano Castillejo lamentan lo que pasó, tanto por sus heridas como por haber tenido que asesinar al jaguar.

“Lo matamos en defensa propia. Era su vida o la nuestra y tuvimos que matarlo. No queremos que por esto nos ataquen ahora”, dijo Diosina Serrano.

La crisis del jaguar en el Caribe

El caso de los Serrano Castillejo tomó fuerza recientemente debido al ataque de un jaguar a una comunidad indígena U’wa en Cubará, Boyacá; en el cual falleció una niña de seis años.

Según Ronny Najar, biólogo de la Corporación para el Desarrollo Sostenible de la Mojana y el San Jorge (Corpomojana) y quien atendió el caso de los hermanos Serrano; el jaguar viene sufriendo desde hace años un desplazamiento de su hábitat por cuenta de inescrupulosos que que queman zonas de bosque y ciénagas donde habitan las especies de las cuales se alimenta este felino.

“Durante el verano están quemando los zapales y los pequeños bosques con la excusa de cazar hicoteas o de expandir sus fronteras agrícolas. En esas quemas que hacen acaban con la vida, la fauna y la flora, en especial con babillas, chigüiros, iguanas y otras presas del jaguar”, explicó Najar.

«En esas quemas que hacen acaban con la vida de las presas del jaguar».

A raíz de estas quemas, los jaguares se desplazan a otros sitios para alimentarse y lo que suelen encontrar son potros, gallinas; patos y cerdos, los cuales están encerrados y son presas muy fáciles para este felino.

Una de las situaciones más graves se presenta en la zona de la ciénaga de Aguas Turbias; en jurisdicción de Achí (Bolívar), Majagual y Sucre (Sucre). Esta zona es donde más se han presentado quemas.

“En esta zona y en los zapales de El Campano y Pablo Mora, justo entre la vereda El Socorro y Buenos Aires (donde ocurrió el caso de los Serrano) hubo muchas quemas durante ese año 2016. Por lo tanto, teniendo en cuenta que un jaguar suele explorar un área de 70 kilómetros en busca de alimentos; es muy probable que el felino que los atacó haya sido uno de los afectados de estas quemas”, teorizó el biólogo.

El animal fue víctima de inescrupulosos que quemaron los zapales y lo dejaron sin comida; pero los Serrano luego fueron víctima del jaguar que solo obedecía a sus instintos de defensa y supervivencia; así que para Ronny Najar, ni los Serrano ni el depredador tuvieron responsabilidad en lo ocurrido.

“Ellos se defendieron y debemos entender que aunque sea una especie en peligro de extinción; siempre debería prevalecer la vida del ser humano por sobre cualquier cosa”, concluyó Najar.

«Aunque sea una especie en peligro de extinción, siempre debería prevalecer la vida del ser humano»

El llamado de Corpomojana es a que no cacen a este animal, que preferiblemente les reporten los casos de avistamientos y eviten tener contacto con los felinos, pues ante una amenaza o una oportunidad de alimentarse, pueden resultar letales para la población.

Debido a lo que explicó Ronny Najar y a que cada vez más personas habitan zonas rurales, los casos de avistamientos de felinos salvajes en los últimos años superan el centenar.

Según Corantioquia, la corporación encargada de la fauna silvestre aledaña al Magdalena Medio, donde hay más comunidades ocupando los hábitats del jaguar, entre 2015 y 2020 se registraron 160 avistamientos de estas especies salvajes. Sin embargo, en su jurisdicción no se ha presentado ningún ataque.

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