Nuevas observaciones del Telescopio Espacial James Webb y del radiotelescopio ALMA revelan que la Nebulosa de la Mariposa (NGC 6302) alberga condiciones inesperadas para la formación planetaria; en su núcleo, se identifican granos de silicato cristalino de gran tamaño, similares a los presentes en discos protoplanetarios, lo que sugiere que incluso una estrella extinta puede generar materia propicia para futuros sistemas solares.
El hallazgo se centra en el toro de polvo que rodea a una enana blanca, remanente de la estrella original. A pesar de la intensa radiación emitida, el entorno favorece la creación de partículas sólidas que, con el tiempo, podrían agruparse en cuerpos mayores. Este comportamiento contradice la idea de que las nebulosas postestelares son espacios inertes, al demostrar que conservan capacidad de síntesis material.
El espectro captado por los instrumentos científicos muestra más de 200 líneas de emisión, entre ellas hidrocarburos aromáticos policíclicos (HAP), compuestos clave en procesos prebióticos. Lo relevante es su origen: no provienen de regiones frías como la Nebulosa de Orión, sino de colisiones internas entre burbujas de gas expulsadas por la estrella moribunda, lo que amplía el rango de escenarios donde puede surgir química compleja.
Astrónomos destacan que este tipo de estructuras podría desempeñar un papel activo en el reciclaje cósmico. Las estrellas, al finalizar su ciclo, no solo liberan energía, sino también elementos que viajan por el espacio y contribuyen a la formación de nuevas nubes moleculares. La Nebulosa de la Mariposa se convierte así en evidencia de que la evolución estelar incluye fases de regeneración material.
El estudio refuerza la hipótesis de que los ingredientes fundamentales para la vida pueden surgir en ambientes más variados de lo previsto. La presencia de compuestos orgánicos en zonas de alta energía redefine los límites de habitabilidad y plantea nuevas rutas para comprender el origen de los planetas en el universo observable.
Vía: Agencias






