Las siestas son comunes entre los adultos mayores, ya que se estima que entre el 20 al 60 % tiene ese hábito, pero su duración y horario podrían indicar algún problema de salud, según una reciente investigación.
Las siestas diurnas prolongadas y frecuentes, especialmente en horario matutino, podrían funcionar como un marcador temprano de riesgo de mortalidad en adultos mayores, según concluyó un estudio dirigido por el Mass General Brigham, hospital universitario afiliado a Harvard Medical School, y el Rush University Medical Center y publicado en JAMA Network Open.
Los investigadores observaron que cada hora adicional de sueño diurno se asoció con un aumento del 13 % en el riesgo de mortalidad y que quienes realizaban siestas matutinas experimentaron un incremento del 30 % en ese riesgo en comparación con quienes dormían la siesta por la tarde. El mecanismo implicado apunta a que cambios sostenidos en los patrones de sueño podrían señalar procesos subyacentes como neurodegeneración o deterioro cardiovascular.
“Se ha relacionado el exceso de siestas en la edad adulta con la neurodegeneración, las enfermedades cardiovasculares e incluso una mayor morbilidad, pero muchos de esos hallazgos se basan en los hábitos de siesta autoinformados y omiten métricas como cuándo y con qué frecuencia se toman esas siestas”, dijo el autor principal el doctor Chenlu Gao, investigador del Departamento de Anestesiología del Mass General Brigham, quien también es investigador afiliado de la División de Trastornos del Sueño y Circadianos del Departamento de Medicina.
“Nuestro estudio es uno de los primeros en demostrar una asociación entre los patrones de siesta medidos objetivamente y la mortalidad, y sugiere que el seguimiento de estos patrones tiene un enorme valor clínico para detectar precozmente problemas de salud”, afirmó el investigador.
A lo largo de 19 años, el equipo realizó un seguimiento de 1.338 adultos mayores que integraban el Proyecto Rush sobre Memoria y Envejecimiento. Desde 2005, los participantes llevaron monitores de actividad en la muñeca durante diez días, lo que permitió medir con precisión la duración, frecuencia, horario y regularidad diaria de sus siestas. El uso de tecnología portátil objetiva marcó una diferencia respecto a investigaciones previas, que se basaban casi exclusivamente en autoinformes.
Las siestas más largas y matutinas se asociaron con mayor mortalidad
Los resultados detallados indicaron que este hábito persistente, sobre todo cuando las siestas eran prolongadas, frecuentes y en la mañana, se asoció con tasas de mortalidad elevadas. Por cada siesta extra diaria, el riesgo subió alrededor del 7 %. En contraste, las siestas breves y esporádicas continúan considerándose reparadoras en la vejez, mientras que los patrones irregulares — alternando días con y sin siesta — no mostraron relación con el incremento del riesgo.
Estos hallazgos sugieren que los cambios en el sueño diurno, detectados con tecnología portátil, podrían anticipar problemas de salud aún no diagnosticados relacionados con el envejecimiento, como enfermedades subyacentes, afecciones crónicas, trastornos del sueño o desregulación circadiana.
La investigación promovió la utilización de las evaluaciones objetivas de la siesta diurna en ámbitos clínicos como herramienta preventiva. La posibilidad de realizar un seguimiento preciso y a largo plazo de los patrones de siesta podría contribuir a identificar personas en riesgo y anticipar el deterioro funcional asociado a enfermedades neurodegenerativas o cardiovasculares. Este valor clínico fue destacado por el equipo como argumento para justificar la incorporación de dispositivos portátiles en el monitoreo rutinario de adultos mayores.
Sueño, salud cerebral y cardiovascular
El trabajo recurrió a métricas objetivas para analizar variaciones en patrones de sueño como indicadores predictivos, más allá de la información subjetiva habitual. El acceso a datos cronológicos y cuantitativos permitió distinguir entre siestas ocasionales y patrones de sueño diurno persistente, variable con el avance de la edad.
El estudio halló que los patrones de siesta medidos objetivamente pueden asociarse tanto a procesos neurodegenerativos como a disfunciones vinculadas al sistema cardiovascular. El equipo señaló que el seguimiento minucioso podría ofrecer una vía para la prevención secundaria y la intervención temprana en el contexto de la salud pública para personas mayores.
El doctor Chenlu Gao subrayó que el trabajo establece solo una correlación, no causalidad. El exceso de siestas podría reflejar la presencia de enfermedades preexistentes, afecciones crónicas o trastornos del sueño, no actuar necesariamente como factor desencadenante. La muestra, compuesta sobre todo por personas mayores blancas del norte de Illinois, restringe también la generalización a otras poblaciones.