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Alertan que el daño a la capa de ozono empezó décadas antes de lo que se creía

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Foto: Archivo

La capa de ozono es un escudo natural que protege la vida en la Tierra de la radiación ultravioleta del Sol. Durante décadas, la preocupación se centró en el agujero de ozono descubierto en la Antártida en los años ochenta, asociado al uso masivo de productos industriales. Sin embargo, la historia de la influencia humana sobre la atmósfera es más antigua y compleja de lo que se pensaba.

Un estudio publicado en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) aporta nuevas respuestas a este enigma. El equipo, encabezado por científicos del Massachusetts Institute of Technology (MIT), utilizó modelos climáticos avanzados y datos históricos para reconstruir cómo y cuándo las actividades humanas comenzaron a modificar la química del ozono. El análisis permite identificar señales tempranas de daño en la estratósfera, mucho antes del surgimiento del agujero antártico.

Un indicio temprano que reescribe el calendario del ozono

De acuerdo con el estudio, la primera manifestación detectable del agotamiento del ozono atribuible a la acción humana se produjo en 1957, casi 30 años antes del descubrimiento del agujero de ozono antártico. Este hallazgo contradice la idea predominante que ubicaba el inicio del problema en la expansión del uso de clorofluorocarbonos (CFCs), compuestos químicos desarrollados en el siglo XX y empleados principalmente como refrigerantes, propelentes y agentes espumantes, durante las décadas de 1960 y 1970.

El análisis muestra que el primer descenso notable del ozono ocurrió en la estratósfera superior de los trópicos y no en la Antártida, como se pensaba. El documento sostiene que la causa principal de ese agotamiento temprano no fueron los CFCs, sino el tetracloruro de carbono, un compuesto químico utilizado de manera masiva como solvente industrial desde la década de 1930. Los autores subrayan que este resultado fue inesperado incluso para quienes llevan décadas estudiando la química atmosférica.

La sorpresa se debe a que los manuales y la literatura científica solían apuntar exclusivamente a los CFCs como agentes de destrucción del ozono. Según Susan Solomon, una de las autoras del estudio y pionera en la investigación sobre la química del ozono, “lo que aprendimos de los libros de texto es que los CFCs resultan en agotamiento del ozono. Resulta que hubo otro compuesto que causó agotamiento mucho antes. Esto fue una gran sorpresa”.

El modelo desarrollado por el equipo permitió distinguir entre la “señal” de agotamiento atribuible a la actividad humana y el “ruido” causado por la variabilidad natural, como erupciones volcánicas o fenómenos climáticos como El Niño. La señal humana sobresalió primero en la región tropical, donde la variabilidad natural es menor, lo que facilitó la identificación temprana del proceso.

Cómo la ciencia reconstruyó el pasado atmosférico

La base del estudio es un experimento mental: los científicos imaginaron cómo habría cambiado la comprensión del ozono si desde 1950 hubieran existido las mismas herramientas de medición avanzadas que hoy. Para explorar este escenario, el equipo utilizó un modelo climático y químico llamado CESM-WACCM6, que permite simular la atmósfera y su composición en detalle. Se realizaron 16 simulaciones diferentes, incorporando tanto los cambios naturales del clima como la influencia de las emisiones industriales, los gases de efecto invernadero y las variaciones en la actividad solar.

Para alimentar estas simulaciones, los investigadores recurrieron a registros históricos sobre la fabricación y uso de productos químicos como el tetracloruro de carbono y los CFCs. También analizaron muestras de aire atrapado en capas profundas de hielo polar, que funcionan como cápsulas del tiempo y permiten saber qué compuestos había en la atmósfera hace décadas.

Solomon explica: “contamos con estimaciones de la industria sobre la cantidad de estos productos químicos que se fabricaron y vendieron a nivel mundial, así como sobre las emisiones de todos ellos, que los modelos incluyen”. Además, destaca que los núcleos de hielo muestran un aumento de tetracloruro de carbono ya en los años 40.

El equipo aplicó un método llamado “relación señal-ruido” para distinguir si los cambios observados en el ozono eran consecuencia de la actividad humana o simplemente fluctuaciones naturales. El análisis encontró una señal clara de agotamiento del ozono en 1957, en la parte superior de la atmósfera sobre los trópicos. Durante ese período, el tetracloruro de carbono fue el único compuesto industrial cuya presencia aumentaba, lo que permitió atribuirle la responsabilidad principal del daño temprano.

Además, los científicos usaron datos actuales de satélites, como el Microwave Limb Sounder (MLS), para comprobar que el modelo reproduce con precisión tanto los patrones recientes como los históricos del ozono en la atmósfera. Esto confirmó la fiabilidad de sus resultados y su utilidad para entender cómo evolucionó el problema a lo largo del tiempo.

El valor de la vigilancia y las lecciones para el futuro

Los resultados sugieren que la influencia humana sobre la capa de ozono comenzó mucho antes de las primeras regulaciones internacionales y del propio descubrimiento del agujero antártico. La identificación temprana de la señal de agotamiento, causada por el uso extensivo de tetracloruro de carbono, plantea la necesidad de mantener una vigilancia constante sobre las sustancias que afectan la atmósfera, incluso décadas después de su prohibición.

Aunque el tetracloruro de carbono se eliminó por razones de salud, dado que su exposición prolongada puede afectar el sistema nervioso y es un posible carcinógeno, su capacidad para persistir en la atmósfera obliga a mantener la atención sobre su presencia. El estudio demuestra la importancia de seguir monitoreando la atmósfera para comprobar que responde según lo previsto tras la eliminación de sustancias nocivas.

La investigación también resalta el valor de las políticas internacionales como el Protocolo de Montreal, que permitió la recuperación paulatina del ozono, pero advierte que la experiencia adquirida obliga a no bajar la guardia frente a nuevas amenazas químicas. El conocimiento generado por este análisis histórico y modelado avanzado aporta herramientas para anticipar y gestionar potenciales riesgos ambientales futuros.

Con información de Infobae