Olvidar reuniones importantes, empezar varias tareas sin terminar ninguna, llegar siempre sobre la hora, perder objetos con frecuencia o sentir que organizar la vida cotidiana requiere un esfuerzo mucho mayor que el de los demás suelen atribuirse al estrés, la ansiedad o a una personalidad desorganizada. Sin embargo, en algunas personas estos comportamientos pueden ser la manifestación de un Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH) que nunca fue diagnosticado.
En el marco del Día Internacional del TDAH, resulta oportuno poner el foco en uno de los mayores desafíos que aún plantea esta condición: reconocer aquellas manifestaciones que suelen pasar inadvertidas y que pueden retrasar el diagnóstico durante años.
Durante mucho tiempo el TDAH fue considerado casi exclusivamente un problema de la infancia, asociado a niños inquietos que no podían permanecer sentados en clase. Hoy se sabe que esa imagen representa solo una parte del cuadro y que el trastorno puede acompañar a las personas durante toda la vida si no es identificado y tratado adecuadamente.
Muchas personas reciben el diagnóstico recién en la adultez, después de años de dificultades para organizarse, sostener la atención, regular las emociones o cumplir con responsabilidades cotidianas. Otras nunca llegan a ser diagnosticadas porque aprendieron a compensar sus dificultades o porque sus síntomas fueron interpretados como ansiedad, estrés, desinterés o incluso como rasgos de personalidad.
“El TDAH no se define únicamente por la dificultad para prestar atención. Es un trastorno del neurodesarrollo que compromete principalmente las funciones ejecutivas: la capacidad para planificar, organizar, iniciar tareas, controlar impulsos y regular el comportamiento en función de objetivos”, explica la doctora Teresa Torralva, directora del Departamento de Neuropsicología de INECO.
Según la especialista, estas dificultades suelen confundirse con características de la personalidad, cuando en realidad reflejan una forma diferente de funcionamiento cerebral.
La doctora Mariana Kes, médica psiquiatra de INECO, agrega que el diagnóstico siempre debe contemplar la historia clínica completa. “No alcanza con que una persona sea distraída. Los síntomas deben estar presentes desde etapas tempranas del desarrollo, generar un impacto significativo en distintos ámbitos de la vida y ser evaluados por profesionales entrenados.”
Lejos de limitarse a la inquietud motora o a las dificultades escolares, el TDAH puede expresarse de maneras mucho más sutiles. Algunas de esas manifestaciones suelen pasar inadvertidas durante años, especialmente cuando la persona logra compensarlas o cuando se confunden con otras dificultades emocionales o del estilo de vida.
Uno de los cambios más importantes de los últimos años es el reconocimiento de que el TDAH también afecta a muchas personas que durante décadas pasaron inadvertidas, especialmente mujeres y adultos cuyas manifestaciones no coinciden con la imagen clásica del trastorno.
“En la práctica clínica vemos con frecuencia adultos que llegan a la consulta después de años de haber convivido con dificultades para organizarse, sostener la atención o manejar la impulsividad, sin haber recibido nunca un diagnóstico. En muchos casos, esas manifestaciones fueron atribuidas al estrés, la ansiedad o a características de la personalidad, cuando en realidad respondían a un TDAH no identificado”, explica la doctora Paloma Bamondez, miembro del Departamento de Psiquiatría de Adultos de INECO.
“Muchas veces el motivo de consulta no es el TDAH en sí mismo, sino las consecuencias acumuladas: baja autoestima, frustración, dificultades académicas o laborales, conflictos interpersonales o síntomas de ansiedad. Comprender el origen de esas dificultades permite planificar un tratamiento mucho más adecuado.”
Para la doctora Andrea Abadi, directora del Departamento Infanto Juvenil de INECO, comprender el diagnóstico también transforma la manera en que las personas y sus familias interpretan lo que viene ocurriendo desde hace años.
“Cuando el diagnóstico llega, muchas familias resignifican situaciones que durante mucho tiempo fueron interpretadas como desinterés, falta de esfuerzo o problemas de conducta. Entender que existe un trastorno del neurodesarrollo detrás de esas dificultades no solo permite acceder al tratamiento adecuado, sino también disminuir la culpa, mejorar los vínculos y construir estrategias para favorecer el desarrollo y la autonomía.”
Señales que pueden justificar una evaluación especializada
Ninguna de estas señales confirma por sí sola la presencia de un TDAH. Sin embargo, cuando varias de ellas aparecen desde la infancia, persisten en el tiempo y afectan el desempeño cotidiano, resulta recomendable realizar una evaluación especializada.
La dificultad para organizar la vida cotidiana supera el simple “desorden”: No se trata solamente de ser desorganizado. Puede implicar olvidar pagos, perder objetos con frecuencia, calcular mal los tiempos o tener dificultades persistentes para priorizar tareas.
Comenzar una tarea cuesta mucho más que realizarla: Muchas personas describen una sensación de “parálisis” frente a actividades importantes, incluso cuando saben exactamente qué deberían hacer.
La atención fluctúa de manera llamativa: No siempre existe falta de atención. Algunas personas alternan períodos de gran concentración, conocidos como hiperfoco, con enormes dificultades para sostener tareas menos estimulantes.
Los errores aparecen por descuidos más que por desconocimiento: Olvidos, omisiones o equivocaciones evitables pueden repetirse incluso en personas con alto nivel intelectual o excelente formación.
La regulación emocional también puede verse afectada: La frustración intensa, la impaciencia o las respuestas impulsivas forman parte de las manifestaciones que hoy se consideran relevantes dentro del trastorno.
El esfuerzo para “funcionar normalmente” resulta agotador: Muchas personas logran desempeñarse adecuadamente, pero a costa de un enorme desgaste cognitivo y emocional que suele pasar inadvertido para quienes las rodean.
Los síntomas persisten en distintos contextos: Las dificultades no aparecen solamente en el trabajo o en la escuela, sino también en la vida familiar, social y doméstica.
El problema no comenzó en la adultez: Aunque muchas personas sean diagnosticadas de grandes, los síntomas suelen estar presentes desde la infancia, aunque hayan sido interpretados de otra manera.
El diagnóstico cambia mucho más que una etiqueta
Recibir un diagnóstico adecuado no implica colocar una etiqueta, sino comprender cómo funciona el cerebro de esa persona y desarrollar herramientas que mejoren su calidad de vida.
“Cuando las personas entienden por qué determinadas situaciones les resultan especialmente difíciles, disminuye la culpa y aumenta la posibilidad de desarrollar herramientas eficaces para desenvolverse mejor en su vida cotidiana”, concluye la doctora Teresa Torralva.
El tratamiento puede incluir psicoeducación, estrategias cognitivas, intervenciones psicoterapéuticas, adaptaciones ambientales y, cuando está indicado, tratamiento farmacológico. La combinación dependerá de las necesidades de cada persona y de la etapa de la vida en la que se encuentre. Cuanto antes se identifique el trastorno, mayores serán las posibilidades de reducir su impacto en la vida académica, laboral, social y emocional.
Recomendaciones de los especialistas
No minimizar las dificultades persistentes.
Las redes sociales pueden ayudar a reconocer algunos síntomas, pero el diagnóstico precisa una evaluación clínica integral.
La historia del desarrollo aporta información fundamental.
Esto permite arribar a un diagnóstico preciso y definir el tratamiento más adecuado.