La élite mundial de la pizza rara vez mira hacia Venezuela. El país de la arepa, el tequeño y el pabellón no es como Italia, Japón o EE UU. Por eso, cuando los nombres de Javier Ramírez y José Antonio Errante aparecieron en la lista de los mejores del mundo, hubo una disrupción silenciosa. Y tricolor.
Los dos están separados por sus geografías y biografías. Sin embargo, además de su origen, los une un dominio absoluto del oficio: un credo amasado con agua, pomodori y harina. Paradójicamente, también una profunda incredulidad ante el reconocimiento.
Ninguno de los dos, en sus respectivos caminos, trabaja buscando gloria. Lo logrado hasta la fecha es consecuencia de una obsesión personal.José Antonio Errante: su pizzería, Antonino’s, ocupa el lugar 67 en The Best Pizza Milan 2025
Ramírez es un economista que cambió el petróleo y las finanzas corporativas por un horno de leña ubicado en el patio de su casa en Miami. Es, dice, un autodidacta que descifró los secretos de la pizza por pura intuición y terquedad.
Errante es el heredero de una tradición familiar que nació en Sicilia y echó raíces en Puerto Ordaz, estado Bolívar. Una tradición que primero rechazó para estudiar diseño en Europa y que luego abrazó con una formación rigurosa en Italia.
Uno construyó un nombre desde cero; el otro reclamó su legado. El terreno común lo encontraron en la masa: una obsesión compartida, meticulosa y llevada —casi— a la perfección.
Sin conocerse, hasta que pisaron la gala de The Best Pizza en Milán este 2025, se entregaron a la misma inquietud y compartieron una idéntica humildad ante el éxito. Sus caminos son el testimonio de que la excelencia no tiene una sola ruta, sino la forma de una pasión que la impulsa.
La Natural, by Javier Ramírez
El calor de Little River, en Miami, se siente distinto en la 7289 de la Northwest 2nd Avenue. Un aroma a leña, a harina tostada y a fermento noble envuelve el lugar. Es el llamado de La Natural, una pizzería que se convirtió, sin proponérselo, en un epicentro gastronómico. Un rincón en donde se respira, según su dueño, honestidad rústica. Pero, al mismo tiempo, elegancia inopinada.
Dentro, es un eco del Mediterráneo, una sala baleárica pero sofisticada. Colores tenues, crema y terracota, acogen al visitante. Un arco majestuoso, al fondo, alberga botellas de vino, simulando la puesta de un sol perpetuo en el horizonte; una metáfora del ciclo natural, del origen, de la fermentación que es la verdadera alma del recinto.
Discretamente, colgados en las paredes, dibujos infantiles rompen la formalidad. Trazos de sobrinos e hijos de amigos, son el recuerdo de un hogar que se niega a desaparecer y que, en cambio, se abrió al público.
El arquitecto de este universo no es un chef de escuela, sino un economista caraqueño.
Javier Ramírez navegó casi dos décadas en las aguas de las finanzas corporativas, entre EE UU y el Reino Unido. La cocina, para él, era un refugio de fin de semana, una celebración privada donde agasajaba a los suyos. El hombre que entendía de números y balances encontró su verdadera vocación en el lenguaje universal del sabor.
El destino le cambió el rumbo en 2015. La firma de inversiones para la que trabajaba en Miami cerró sus puertas. Aunque lejos de verlo como un final, lo interpretó como una señal. Fue el momento de emprender.
Su primer proyecto, Alter, se convirtió en un restaurante de culto, cosechando premios y dándole la confianza para seguir en un mundo que lo había adoptado por instinto. Luego vinieron otros, como Palmar y Bachour. En paralelo, su pasión personal se fermentaba en el patio de su casa.
Un horno en el patio de su casa lo comenzó todo
Se había comprado un horno de leña. Aquel fue su laboratorio. Los fines de semana, las fiestas que siempre había organizado mutaron. Ahora el protagonista era un disco de masa.
Fue autodidacta con la terquedad de un alquimista, devorando videos en Internet, sumido en el ciclo infinito del ensayo y el error. Su obsesión era la masa, una que supiera a algo por sí misma.
Sus amigos y familiares fueron los primeros jueces. Sus veredictos fueron unánimes: aquellas pizzas eran extraordinarias. La idea germinó entonces con una lógica que ni él mismo vio venir. Fue aplastante.
La Natural abrió sus puertas, finalmente, el 12 de diciembre de 2020, en un mundo que apenas comenzaba la pandemia.
El concepto era una extensión de su hogar, un proyecto tejido junto a su entonces esposa, Andreina Matos. Ella, ingeniera de profesión y diseñadora por pasión, fue la artífice del espacio. Trasladó la calidez de su casa al restaurante, creando una atmósfera que era, en esencia, una invitación a una fiesta íntima.
Aunque sus caminos personales se separaron amistosamente, la huella de esa visión conjunta permaneció impregnada en cada rincón.
El secreto de Javier no estaba en los ingredientes exóticos, sino en la paciencia.
Su masa, de estilo napolitano, nació de una fermentación natural con masa madre. Un proceso lento que le confirió una complejidad de sabores y una ligera acidez que la distinguía de cualquier otra.
Utiliza, de hecho, harinas de altísima calidad y un punto de sal preciso que hace estallar las notas del trigo. Su reto personal era que nadie dejara el borde en el plato. Y lo logró.
El cornicione, ese borde grueso y aireado con manchas de leopardo por el fuego, se come, disfruta y guarda para después. La pizza, como en Nápoles, llega a la mesa entera, sin cortar, para que cada comensal la conquiste a su antojo.
Lo que ofrece La Natural
El menú es un reflejo de su creador: complejo, pero sin pretensiones.
Más allá de las nueve pizzas de la carta, una sección de plates ofrece una experiencia gastronómica completa. Incluyen repollos a la leña, calabazas asadas, ensaladas vibrantes o, por ejemplo, un rigatoni con salvia y chile tailandés. Platos que, según el chef, permiten una cena memorable incluso sin probar una sola pizza.
Fue esta dualidad, esta oferta elevada, lo que capturó la atención de los críticos.
Entre sus pizzas, cuyos precios varían entre 13 y 36 dólares, destaca su favorita: la de pimiento de espelette. Explica que es una oda al equilibrio de sabores. Sobre una base de salsa de tomate y queso parmigiano reggiano con 48 meses de añejamiento, hornea su creación. Al salir, la emulsión cremosa de la salsa con el queso se encuentra con un toque del pimiento, un ají ahumado de los Pirineos que viene en formato de polvo. El toque final lo dan las lascas de más parmigiano, el perejil italiano fresco, el aceite de oliva y la sal marina.
Javier enfatiza la importancia de las cuatro dimensiones del sabor: ácido, picante, salado y graso. Para él, una pizza debe ser un viaje sensorial completo; si carece de estas dimensiones, se vuelve aburrida. Esta filosofía es el motor de su cocina.
Si bien la pizza de espelette es su favorita, el público tiene otra predilecta: la pizza de Burrata. Esta versión de la clásica pizza Margarita (tomate, mozzarella y albahaca) se distingue por el uso de un queso cremoso y delicado.
Javier explica que la Burrata se añade cuando la pizza ya salió del horno, ya que su textura no resiste el calor directo. El resultado es un perfil de sabor similar al de una Margarita tradicional, pero con una sensación en boca única debido a la cremosidad del queso.
Viva La Natural
Los reconocimientos llegaron como una cascada. Dos premios Bib Gourmand de la Guía Michelin, desde su llegada a Florida. Un lugar en la lista Best Of Miami del New Times. Y entonces, la llamada que lo cambió todo. Un mensaje por Instagram desde Milán. La organización de The Best Pizza Awards le informaba que estaba en la lista de las 100 mejores pizzerías del mundo de 2025.
Javier, el economista venezolano, el cocinero autodidacta de Miami, no podía creerlo.
Viajó a la gala en Italia sintiendo que era un intruso entre gigantes, la mayoría de ellos italianos con generaciones de tradición a sus espaldas.
Cuando anunciaron su nombre en el puesto 35, pensó que había un error. Pero no. El mundo de la alta gastronomía reconocía el producto de su patio trasero, la pizza que nació para agasajar amigos.
El Dj David Guetta, incluso, le confesó que era la mejor pizza que había probado en su vida. Por su parte, Enrique Olvera, uno de los chefs mexicanos más importantes del mundo, se contaba entre sus admiradores.
Y es así como Javier Ramírez, desde su rincón en Little River, se convirtió en un referente. Un venezolano más de esa diáspora talentosa que deja una huella fuera de sus fronteras.
Su historia es la de una pasión que se negó a ser un simple pasatiempo. La de un hombre que, sin buscarlo, demostró que la mejor receta no siempre viene de un manual, sino de la obstinada búsqueda de la perfección en las cosas simples.
La Natural, entonces, no solo es una pizzería. Para él, es el testimonio de que, a veces, el camino más inesperado conduce, precisamente, al lugar al que uno siempre perteneció.
Con información de El Nacional






