Entre las ruinas de edificaciones y el paso de la maquinaria que remueve los escombros, casi dos meses después de los potentes terremotos del 24 de junio, en La Guaira la rutina se ha abierto paso entre centenares de carpas en las que imperan la precariedad y la resistencia.
A dos meses del doblete sísmico, no solo ha cambiado el paisaje; la realidad se escribe para muchos en albergues y refugios improvisados, mientras crecen los llamados a prepararse para El Niño, un fenómeno climático que amenaza con no dar una tregua a quienes perdieron todo después de que la tierra se sacudiera dos veces causando hasta ahora casi 6.500 muertos.
A punta de donaciones privadas, de la comunidad internacional y algunos apoyos estatales, los habitantes de los distintos campamentos en la localidad de Catia La Mar han levantado un ecosistema con comedores comunitarios, duchas improvisadas, tanques para recolectar el agua proveída por cisternas e incluso emprendimientos.
El llamado ingenio criollo ha permitido ‘pequeños lujos’, como la instalación de equipos de aire acondicionado o ventiladores que algunas personas han podido rescatar de sus pertenencias para instalarlas en las tiendas de campaña.
Pese a las difíciles condiciones, la mayoría de los damnificados por los terremotos asegura que no se moverá a los refugios temporales habilitados por el Gobierno por temor a enfrentar situaciones peores. Según cifras oficiales, casi 20.000 personas perdieron sus viviendas tras los sismos de magnitud 7,2 y 7,5. La propia Urimare, como muchos ya conocen a la maestra, afirma que de ahí no se mueven.
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