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El miedo no termina para los animales sobrevivientes de los terremotos

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Foto: Archivo

Un perro no grita cuando lo aplasta el techo. Gime. Y después, si sobrevive, corre. Corre hasta que el olor conocido desaparece. Hasta que la calle ya no es la misma calle. Hasta que se detiene, jadeante, con los ojos desorbitados, en una ciudad que ya no reconoce como suya.

El 24 de junio de 2026, mientras Caracas y La Guaira eran sacudidas por dos devastadores terremotos, eso fue lo que vivieron miles de animales. Y así como se rescatan vidas, también voluntarios y rescatistas profesionales se abocan a encontrar perros, gatos y hasta morrocoyes de entre los escombros.

Hoy sobreviven en parques, en campamentos, en refugios improvisados, en las calles polvorientas de la costa. También en la capital. Esperando. Muriendo. O, con suerte, rescatados por gente que decidió que también importan.

Sin voz

Los sismos llegan con un sonido que los animales perciben antes que ningún instrumento. Infrasónidos, vibraciones del suelo, cambios de presión atmosférica. En fracciones de segundo, el instinto toma el control y el animal huye. Muchos no llegan a salir.

Las zonas más afectadas de La Guaira, con edificios que se doblan sobre sí mismos, atraparon animales junto a personas. Perros de apartamento que no tuvieron adonde ir cuando el piso cedía. Gatos que se refugiaron bajo las camas exactamente donde cayeron las losas. Animales de calle que, al correr, se encontraron con calles que ya no existen.

Los que escaparon llegaron a la superficie confundidos, heridos o en estado de shock clínico, algo que, en animales, tiene síntomas medibles. Jadeo sostenido, taquicardia, pérdida de coordinación, incapacidad para procesar estímulos externos. Es tanto así que un animal en shock profundo puede morir sin una herida visible.

Según datos que circulan entre voluntarios —no hay cifras oficiales, nunca las habrá—, en La Guaira murieron animales en una proporción que los rescatistas en el terreno describen como equivalente a la pérdida humana en algunas zonas.

Ese dato, rugoso e inverificable, dice algo sobre la magnitud de lo que nadie mide.

Clínica improvisada

No hay un plan de emergencia veterinaria nacional activado. No existe una cadena de mando gubernamental que tome en cuenta los animales afectados. Lo que existe, en cambio, es una red civil que se activa con una velocidad que deja en evidencia algo incómodo: la solidaridad organizada precede al apoyo del Estado.

El Parque del Este se convirtió en uno de los primeros puntos de triaje veterinario de la ciudad.

En el estacionamiento que da hacia la autopista, voluntarios instalaron—al día siguiente del siniestro—un centro de acopio de alimentos y medicinas. Rescatistas continúan con perros que necesitan atención inmediata. El espacio mutó, en pocas horas, de área verde a sala de urgencias a cielo abierto.

En Los Chaguaramos, la sede de Aproa y el espacio de Kodama Animal han prestado instalaciones como refugios temporales de contingencia.

En La Floresta, la Quinta La Tere, en la avenida José Félix Sosa, opera como centro de acopio del Colegio de Médicos Veterinarios del Estado Miranda.

Cada espacio recibe, clasifica, despacha. El trabajo avanza caja por caja, animal por animal, donante por donante.

En La Guaira, la situación tiene otra dimensión. Más de 150 veterinarios se desplazan hacia las zonas más vulnerables. Los mensajes en redes preguntan dónde están los médicos. Los médicos están abajo, en el polvo.

Una de las veterinarias que lidera la gestión del punto de apoyo en el Parque del Este, Alba Codutti, no quiere aparecer en cámara. Vigila el espacio con atención. Ha aprendido, en pocos días, que cualquier descuido cuesta.

Detiene con firmeza a quien llega con teléfono en mano. «Para qué es eso. Aquí no incomodamos a nadie». Cuando entiende que los periodistas buscan amplificar, no interferir, habla. Tiene diez –o quince– minutos disponibles. Ni uno más.

Desde el jueves 25, se han atendido más de 150 animales. “Ayer recibimos mucha gente que venía a traer insumos, y estamos muy agradecidos. Pero con mucha preocupación vimos que venían acompañados de sus mascotas. Estos animales están en shock. Traumatizados la mayoría”.

Relata el caso de una paciente que estaba estable, entró en pánico al ver a los demás animales y a la gente, y terminó con fluidoterapia después de un golpe de calor. No por negligencia. Por sobreexposición a estímulos que, para un organismo en crisis, resultan abrumadores. «Van a estar meses con miedo. Ellos no entienden lo que pasó».

El equipo cuenta con dos etólogos veterinarios que orientan vía telefónica a dueños de mascotas con respuestas de pánico severo. La recomendación resume que, si el animal no presenta problemas respiratorios, pérdida de coordinación ni jadeo extremo, no sacarlo. El paseo cotidiano puede convertirse, en este contexto, en el detonador de una crisis que el animal no puede gestionar solo.

Para el 30 de junio, el equipo confirmó la instalación de lo que llaman, sin eufemismos, un «hospital de guerra» en La Guaira: patología clínica, ecosonograma, hematología. Pronto, cirugías. Eso permite atender casos graves en el sitio y evita trasladar animales en estado crítico a Caracas por vías que siguen comprometidas.

La Asociación Venezolana de la Industria Veterinaria (AVISA), distribuidores e importadores de medicamentos, laboratorios de diagnóstico, ha prestado todo el apoyo.

Un laboratorio que comercializa equipos de hasta 40.000 dólares los mueve hacia La Guaira, al hospital de guerra. “Hay colegas que perdieron parte de su familia y están trabajando”, dice la veterinaria. “Hay una colega que perdió absolutamente todo. Y aquí estamos a pesar de todo”.

Quince millones de razones

Mishell Ricardo está bajo una carpa con el nombre de la Fundación La Manada de Beethoven. Dos teléfonos al mismo tiempo: con uno escribe, con el otro responde notas de voz. Sabe que van a entrevistarla. Sonríe. El video que publicó el día del terremoto llegó a 15 millones de visualizaciones. Ese número se convirtió en donaciones que no supo dónde ubicar.

“Para las donaciones nos pedían un centro de acopio que no teníamos”. Buscó aliados, encontró a la Manada de Beethoven y desde el viernes pasado, dos días después de los terremotos, están instaladas en el Parque del Este.

Lo que describe es una logística construida desde cero, sin infraestructura previa, sostenida por la voluntad y, también, por la desconfianza, una suerte de mecanismo de control. “No entregamos absolutamente nada sin investigar, sin mandar primero voluntarios moviéndose en todas partes de Caracas. No entregamos en centros de acopio porque se crea un círculo y jamás llega nada a donde tiene que llegar”.

La decisión es entregar mano a mano: a la familia con su perro en la carpa, al rescatista en el punto de La Guaira, al animal callejero que espera en una esquina. En la calle, la reconocen. “La chama del video”, le dicen.

Bajó a La Guaira. «Los perros están aterrados. Cuando te les acercas, la desesperación es tan grande que no sabes cómo ayudarlos. Ni siquiera se dejan agarrar. Tienen los ojos desorbitados, gigantes, muy ansiosos». La solución fue dejar comida en cada esquina. Cuando el animal sienta un instante de calma relativa, comerá.

Entre los animales atendidos no solo hay perros y gatos. Hay conejos, hámsteres, pájaros. Familias que evacuaron La Guaira con su mascota envuelta en una tela, en un bolso, en los brazos. «A mí me ha llegado una donación de 200 bolívares y me pongo a llorar. Te das cuenta que la gente no tiene plata y te está dando todo lo que tiene».

El veinteañero del cuaderno

En el Colegio Francisco Pimentel, en Quinta Crespo, el olor es otro.

Es el olor de la urgencia sin protocolo: heces, sudor, comida, animales en espacios no diseñados para eso. Hay niños que juegan. Hay adultos acostados en colchones. Hay carpas. Y hay, en medio de todo eso, un muchacho que organizó, en un cuaderno, el cuidado de 30 perros y 35 gatos.

Daynier Puente lleva su vida entera vinculado a los animales. Es dueño de 7 perros, todos cachorros. Su apartamento no solo se resquebrajó después del terremoto, se dobló en estructura.

Llegó al colegio como damnificado y se quedó como protector. Anota cada donación con nombre, apellido, cédula, número de teléfono. «Esa responsabilidad me fue otorgada por la forma como trato a mis perros».

Dentro del colegio circulan personas que llegan a pedir alimento para revenderlo. Los códigos de los paquetes de comida aparecen borrados con marcador negro. Puente los detecta. «Eso no me parece. No estoy de acuerdo». También alerta sobre quienes piden ropa y accesorios para mascotas, artículos irrelevantes en este momento, sin tener animales a cargo.

Llora al final de la conversación. Dice que su sueño es fundar un refugio formal algún día. En ese colegio convertido en pequeño universo de presente sin pasado, ya está haciéndolo sin saberlo.

Pero este escenario es exactamente el que inquieta a los profesionales: sin protocolo, sin canal oficial, sin estructura jurídica. Solo un muchacho con voluntad y una libreta. Solo uno de los cientos de refugios informales que surgieron en los días posteriores al sismo.

Puente invisible

José Ibrahim Sánchez es presidente del Colegio de Médicos Veterinarios del Estado Miranda, que opera como bisagra: recibe insumos, los distribuye a las clínicas que atienden de forma gratuita, repone materiales a los puntos en La Guaira.

¿Qué falta en el inventario? Amoxicilina con ácido clavulánico, doxiciclina, ciprofloxacino, penicilina. Meloxicam como analgésico y antiinflamatorio. Prednisona y dexametasona para casos específicos. Ansiolíticos para perros y gatos en crisis de estrés agudo. Lágrimas artificiales sin esteroides. Areneros de gato.

Este último ítem parece menor. No lo es. Los gatos de apartamento, desplazados de urgencia a espacios colectivos, no defecan en tierra. Necesitan su arenero. Hay pacientes felinos que llevan dos o tres días sin evacuar por esa razón. La obstrucción intestinal en un gato puede ser fatal.

El Colegio no acepta dinero en efectivo. «Cuando se atraviesa el dinero, la cosa se enturbia».

En los márgenes de la solidaridad, opera otra lógica. Sacos de perrarina que aparecen en el mercado con los códigos de barras borrados con marcador negro. Personas que llegan a los refugios a pedir alimento no para sus animales sino para revenderlo.

En el Colegio Francisco Pimentel, Puente los detecta y confronta. En otros espacios, nadie lleva ese control. O nadie sabe si alguien lo hace.

Mishell Ricardo describe lo que ha escuchado «cuando algunos salen sonriendo maliciosos o con gestos de triunfo burlón en la voz». Y esos momentos, asegura, duelen. No por ella, sino por los animales. Enfocada en ayudar, jamás pensó que alguien pudiese aprovechar la situación para su beneficio con tanto descaro. Se equivocó. Al día de hoy, sigue su instinto y sospecha más.

La red de distribución legítima existe y trabaja: Defensa Animal Venezuela, Perros Extremos, Red de Apoyo Canino, Fundación Ángeles Peludos, Misión Nevado. Son cientos.

La recomendación de los profesionales es no entregar en centros no verificados, no dar mascotas en adopción hasta que pase tiempo suficiente para que los dueños las busquen, y no sacar a pasear animales propios mientras los síntomas de shock no hayan remitido.

Desde Colombia, iniciativas civiles como Una Garra por Venezuela y el Bloque Unido Defensa Animal gestionan el envío de toneladas de alimento y medicinas. Los voluntarios que los reciben los cargan a pie entre réplicas y vías obstruidas. El trabajo es físico, continuo, y no descansa.

Los universitarios también se han hecho presente. En el centro de acopio de La Floresta trabajan unos 20 voluntarios. Cinco veterinarios rotan turnos, salen a atender sus clínicas y regresan. Estudiantes de la UCAB, de Psicología, de Relaciones Industriales y Comunicación Social clasifican, arman cajas, etiquetan.

La medida moral de lo que queda

En un canil improvisado en Parque Miranda, hay una perra mestiza de tamaño mediano que llegó con una fractura en la pata trasera izquierda y signos de deshidratación severa. La estabilizaron. Hoy come. Mañana, quizás, pueda apoyar la pata. No tiene nombre registrado. Ningún dueño la ha buscado todavía.

En La Guaira, una familia reencontró a su perro en un campamento de damnificados tres días después de los terremotos. El animal los olió antes de verlos. Ese instante, el reconocimiento previo a cualquier gesto humano, contiene algo que los datos no alcanzan a describir.

Una catástrofe expone lo que una sociedad hace con lo que no puede defenderse solo. Los animales, domésticos o callejeros, no pueden llenar formularios, pedir turno ni exigir atención. Dependen de que otros decidan que merecen ser parte de la respuesta.

Y allí están los veterinarios que perdieron su casa y siguieron operando. De una joven cuyo video llegó a 15 millones de personas y convirtió la viralidad en acción concreta. De un muchacho de 20 años que anotó cada donación en un cuaderno mientras dormía en una carpa. De laboratorios que movieron equipos de decenas de miles de dólares hacia el polvo de La Guaira.

Alba Codutt lo dice con certeza: “Dentro de dos semanas vamos a estar agotados, sobre todo económicamente. Ahí es cuando vamos a necesitar la ayuda que viene de afuera”.

Con información de El Nacional