A sus 10 años, Romina Valeria Rivera Cruz ya había logrado lo que muchos músicos sueñan en toda una vida, tocar un solo de violín frente al papa en la ceremonia de canonización de José Gregorio Hernández. Pero su historia no solo fue de talento, sino de una valentía extraordinaria que conmovió a todo el Sistema de Orquestas de Venezuela.
La noticia de su fallecimiento, confirmada este miércoles por el núcleo Portuguesa del Sistema, ha dejado un profundo vacío en la comunidad artística nacional. «Recordaremos siempre tu sonrisa, tu amor por el arte y tu brillante talento», expresó la institución, destacando que Romina era parte de la Sinfónica Nacional Infantil y de la Regional «José Antonio Páez».
Lo que hace única su partida no es solo su precocidad musical, sino la forma en que enfrentó una grave enfermedad. Su profesor, Juan Beneditto, reveló que desde los seis años la niña era consciente de su condición: «Sabía que podía morir en cualquier momento, por eso vivía solo el hoy». Lejos de amilanarse, Romina convirtió cada ensayo y cada concierto en un acto de entrega total.
Su momento más glorioso llegó en Roma, cuando interpretó el «Danzón» de Arturo Márquez ante miles de fieles. Había ganado su puesto por mérito propio en la Orquesta Infantil de Venezuela, demostrando una disciplina que asombraba a sus maestros.
La Escuela Parroquial Nuestra Señora de El Pilar, donde cursaba quinto grado, también se sumó al duelo: «Tu luz y recuerdo permanecerán siempre en las aulas y en el corazón de quienes te conocieron». Sus compañeros de orquesta la despidieron con un último aplauso, mientras el Sistema promete que su música «resonará siempre en cada rincón de nuestros núcleos».
Con información de Sumarium




