El papa terminó este viernes un viaje de siete días a España con una misa multitudinaria en la isla atlántica de Tenerife y con una homilía de despedida que le sirvió para denunciar, una vez más, el drama de la inmigración masiva irregular que llega por mar desde el continente africano.
Fue ante 40.000 fieles y con las dos imágenes más queridas de Tenerife en el altar, la Virgen de la Candelaria y el Cristo de La Laguna, y con el foco puesto en la realidad migratoria de las islas españolas de Canarias y la tragedia de quienes mueren cuando tratan de alcanzar esta frontera española y europea en frágiles embarcaciones que recorren cientos de kilómetros.
Y como testimonio mudo, tres de esas barcazas estaban colocadas en el puerto de la capital isleña, donde el pontífice ofició la misa con que cerraba su estancia en España tras pasar por Madrid, Barcelona y la isla de Gran Canaria.
La madera desgastada por la sal, los colores desvaídos y el espacio interior vacío de estas embarcaciones evocaban las travesías nocturnas, el hacinamiento, el miedo, y también la esperanza de quienes se hacen a la mar en el Atlántico en un viaje incierto.
A lo largo de la celebración, el ambiente osciló entre el recogimiento y la emoción. En los cantos del coro se mezclaban acentos españoles de Canarias y el territorio peninsular, y también latinoamericanos.
Tanto las lecturas de la Escrituras como la homilía insistieron en la dignidtodo ser humano y, por tanto, en la obligación de no acostumbrarse a los números de muertos en la ruta migratoria atlántica, una de las más mortales del mundo; y la responsabilidad compartida de autoridades y particulares de acoger, proteger e integrar a quienes llegan, frente a la indiferencia.
Con información de EFE




